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y le conocieron. Sencillo y humilde por su estado; pero también servicial y atento con los religiosos sacerdotes para cuyo servicio no conocía límites ni descanso. Las ocupaciones domésticas, el trabajo de hortelano eran su encanto y formaban su alegría... Su carácter vivo y activo siempre lo tenía santamente ocupado, y hasta en su última enfermedad se le veía inquieto y preocupado por el bienestar de los otros, cuando lo que él necesitaba era descanso y reposo. Cuando así se lo recomendábamos, lloraba como un niño, recordando sus mejores tiem– pos y diciéndonos que era una carga... Otras de las notas distintivas del buen Fr. Pelegrín fue su gran respeto y una gran veneración a los sacerdotes. Enfermo y lleno de achaques, se levantaba en ocasiones y, cua:ndo ast era necesario muy de mariana, para poder ayudar a la misa del padre que tenía que salir de viaje. Y ante la palabra del sacerdote inclinaba reverente la cabeza. Le hemos observado en los últimos días de su larga enfermedad después de haber tenido una hemotipsis: a los dos días tuvo el valor de bajar a la iglesia para oír una misa, la última que pudo oír; y ante la orden del padre que le mandaba retirarse, como un niño obedeció y se retiró a su habitación. -Estoy tranquilo, nada me preocupa..., que se haga en todo la volun– tad de Dios. Y con estos sentimientos, con la tranquilidad de haber cumplido siem– pre su deber, entregó su espíritu al Señor.» (Venezuela Misionera.) BIBLIOGRAFÍA: VM 51 (1943) 325 s, 8 (1946) 181; Estanislao 145 148 178 179 211 275 320; AO 62 (1946) 138. 459

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