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1 Mayo ban que el Santísimo Cristo de la Agonía abría y cerraba los ojos y sudaba copiosamente por el cuello y pecho: por lo que el pueblo está impresionado para lo bueno. El hecho en sí es verdaderamente extraordinario, y lo hacen aún más las circunstancias: ser el último día de la misión cuyos resultados inmedia– tos no han podido ser más lisonjeros, pues no solamente los constantes, sino casi todos los recalcitrantes heridos por la divina gracia. En esta villa (1.300 habitantes), solamente cinco, de los que están obligados siquiera en Pascua, han quedado sin comulgar. Se espera también los reduzca el Señor. Cuando yo fui ya había terminado el asombroso hecho, y juran y perju– ran hombres de toda clase que lo han visto... He creído, Sr. Obispo, deber mío ponerlo en conocimiento de V.E., y pronto he determinado celebrar a la vez del rosario, un septenario en con– memoración de las siete palabras que Cristo pronunció en su agonía... Anoche prediqué sobre la primera, teniendo la satisfacción de ver allí una asistencia muy numerosa y devota y de todas clases: caballeros, señoras y labradores. Yo ni he negado ni afirmado nada sobre el prodigio: única– mente he dicho que convenía orar con humildad para que el Señor nos iluminara, y que aunque el hecho no tuviera ulteriores consecuencias, si– quiera con la consideración de las palabras de Cristo en la cruz, se avivaría el fuego de la caridad comunicado en la santa misión. Creo que el (aparece un espacio en blanco), así llaman al P. Agatánge– lo, debió saber algo, porque preguntado por una piadosa señora contestó: Aquí ha pasado algo portentoso, y él permanecía todos los días postrado varias horas ante la devota imagen... » (Montehano, Crónica conven– tual). En 1925 fue destinado al convento de Gijón donde permaneció por espacio de unos nueve años. En el trienio de 1934 fue traslada– do a Bilbao y, pasada la Guerra Civil, en 1939, quedó fijada su resi– dencia en el convento de Gijón. 392

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