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Abril que las circunstancias de la vida nos presentan. El P. Pablo fue leal a su vocación empleando las mejores habilidades con que Dios le había dotado. Su espíritu inquieto le llevó dos veces fuera de España. En Aus– tralia formó una comunidad de emigrantes españoles a quienes atendía desempeñando los ministerios propios de un capellán: eu– caristías dominicales, catequesis, administración de sacramentos y atención personalizada en todos sus problemas espirituales. Como experiencia pastoral, introdujo los «cursillos de cristiandad» en la diócesis de Armidades. Durante su estancia en Cuba, desarrolló su actividad misional principalmente en la iglesia de Jesús de Miramar mediante el apos– tolado catequético de niños y adultos y atendiendo las necesidades de otras capillas confiadas a los capuchinos, como Germanitas y el Salvador. En España, fueron muy diversos los trabajos que realizó: profe– sor en El Pardo; director de la escolanía de San Antonio; encargado de las escuelas primarias de Usera, donde dio los primeros pasos para su reconocimiento como colegio; director del colegio menor de León que, más tarde, se convirtió en Residencia Universitaria; capellán en el penal de El Dueso y Coadjutor en la parroquia de Santoña... Si los valores humanos pueden servir a la humanidad en sus aspiraciones de convivencia, progreso, paz y fraternidad, por la mis– ma razón deben servir de guía al individuo en sus anhelos de per– feccionamiento y autorrealización. Dice M. Buber que «cada hom– bre es un ser nuevo en el mundo, llamado a realizar su particulari– dad». El P. Pablo tuvo también su particularidad que le permitió romper moldes y salir de la monotonía en la realización de la noble tarea de servir a Dios y a los hombres: fue la música hacia la cual manifestó una gran pasión desde muy joven y para la que estaba dotado de cualidades excepcionales. Fue, seguramente, el recurso humano que con más éxito utilizó en el ejercicio de su apostolado. 308

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