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Trasladado a Cuba en 1948, residió en La Habana durante tres años con el cargo de Superior. De regreso a España, en el año 1952, pasó por los conventos de León, Santander y Salamanca, dedicándose, durante su estancia en los mismos, al ministerio de la preilicación. En Manzanares, donde permaneció desde 1960 a 1965, ejerció el apostolado parroquial como responsable principal de dicha parroquia encomendada a los capuchinos siendo, al mismo tiempo, Presidente y luego Vicepresi– dente de la residencia religiosa de aquella ciudad. En 1965 se habían modificado ligeramente las relaciones entre la Iglesia y el Estado en la isla de Cuba y, aunque todavía seguían las perturbaciones y la conflictividad en el ambiente social y político, se había abierto un cauce de esperanza con la posibilidad, muy restrin– gida, de la admisión de nuevos religiosos. Esta posibilidad fue apro– vechada por los superiores de la Provincia para enviar a la isla nuevos religiosos: entre ellos estaba el P. Augusto de Villalquite, que se estableció en La Habana, permaneciendo en la iglesia deJesús de Miramar hasta el momento de su muerte. Fue grande la preocupa– ción del P. Augusto al constatar que las esperanzas abiertas por la tenue apertura iniciada por el Gobierno no estaban dando los fru– tos esperados: en 1976 los siete capuchinos residentes en Cuba ha– bían quedado reducidos solamente a dos: su único compañero era Jacinto Valladares (P. Félix de Carbajal). Seguro de haber cumplido su misión, y deseoso de que alguien pudiera continuarla, había pedido insistentemente a los superiores el envío de nuevos religiosos: se encontraba impotente, a sus 80 años, para poder continuar con la difícil empresa que tenía en sus manos. En 1992 pidió su regreso a España, pero la muerte le sorpren dió a la puerta misma de la iglesia de Jesús de Miramar, donde había dejado tantos retazos de su vida al servicio de Dios. Era el 4 de abril de 1991. Había cumplido 80 años de edad. 293
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