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dor, nunca supo lo que era el desaliento, a pesar de las duras pruebas por las que hubo de pasar en la vida, sobre todo, la gran prueba del accidente que sufrió la víspera de Navidad de 1961... Pero él se reanimó, logró superarse, se reintegró a su fraternidad de Valencia... Fue aquí donde re– construyó su vida, dedicándose por entero a dos cosas que fueron su mayor iluúún. la ateniiún y dil eiiiún ejpiritual de la Fraternidad Terciaria, a la que hizo vivir los días de su mayor esplendor, con una juventud ejemplar y pujante. Fueron veinte años de dedicación que nunca podrán ser olvidados por quienes se beneficiaron de su labor sacerdotal...» En otra parte de la misma Hoja Parroquial se pueden leer las siguien– tes líneas: «... Hay una mística frontera que se extiende más allá de nuestro mun– do, poblada de nuestros familiares y amigos que conocimos y que amamos un año, un mes, u.na sP.m.arw., un día, y did r:ual nos sPparamns con el corazón dolorido; pero sabemos que, a través de la distancia, seguimos unidos, conservando sus recuerdos...; siempre le recordaremos como el padre regañón, pero leal, bondadoso y afectuoso que se dio íntegramente a la Fraternidad Terciaria y al amor a la humanidad...» («El mejor amigo», n. 0 556). Aparte de estos valores espirituales y humanos, que reflejan un gran afecto a los valores franciscanos y a la vocación misionera, el P. Isaac profesó una devota veneración a la Virgen. Alguien dijo de él, en cierta ocasión, que «era unfraile muy feo» -y eso que su apellido era «Bello»-. Pero sí debió ser bello su espíritu ante Dios, como también así lo consideramos los hombres. BIBLIOGRAFÍA: AO 98 (1982) 401 s; BOP 35 (1982) 64-66; VM 44 (1982) 80 s; Pacífico 244; Veinticinco 218 221. 255
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