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Marzo lativo, de la guarnición militar de Guayana,jefes de la Guardia Na– cional y de la V División de Selva. Le fueron tributados, asimismo honores fünebres correspondientes a general de división. La actividad desarrollada por Mons. Gómez Villa no se puede resumir, lógicamente, en el desempeño de su ministerio pastoral como Vicario Apostólico. En tierras de misión es el pastor el prime– ro que está en la brecha: realizó numerosas excursiones a través de las peligrosas tierras de la Gran Sabana, siendo cofundador de los principales centros misionales en compañía de otros misioneros, particularmente el P. Nicolás de Cármenes, Maximino de Castrillo y Gabino de San Román. Gracias a ellos, se puede decir que estas tierras y sus indios quedaron definitivamente anexionados a Vene– zuela. En una de sus excursiones por la Gran Sabana, después de ha– ber atravesado la famosa Escalera de Bejucos, advirtió la presencia de una invasión de misioneros adventistas venidos de la Guayana: esto motivó la creación inmediata del centro misional de Santa Elena (1931), Luepá (1933), y la Inspectoría Nacional de Fronteras, que desapareció, años más tarde, para dar paso a la Guardia Nacional. Del carácter, un tanto áspero, que tenía Fray Ceferino de la Al– dea en los primeros años de su vida religiosa únicamente quedó, en el transcurso de los años, un tono de firmeza para llevar a cabo sus programas y de inflexibilidad en el cumplimiento de sus obligaciones. Fue un pastor atento y servicial para con los súbditos, y respon– sable para acatar las normas de sus supervisores. Tuvo fama de hombre santo entre los que le trataron, y aún externamente impre– sionaba por su humildad, sencillez y recogimiento. Así retrataba el talante espiritual de monseñor Constantino el Arzobispo de Ciudad Bolívar, Crisanto Mata Cova: «... Su vida es un canto a la oración; su apostolado un ejemplo de consagración total, hasta el heroísmo, propio de los incontables misioneros 232

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