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Marzo «... Cuando no había carreteras, ni aviones, nifrigorificos, ni agua fría en termos acondicionados, ni radiotransmisores; cuando lo que había en los caminos de Venezuela eran serpientes venenosas, asesinos y ladrones a La vuelta de veredas solitarias, indiferencia e incomprensión en altos sitiales del oficialismo de tumo, ignorancia sobre el significado de las misiones en región de infieles, llegó a nosotros el P. Nicolás de Cármenes con otros héroes de la Orden capuchina a trabajar en este medio fisico realmente desesperante, inhóspito, duro, amargo, depresivo. Caminatas a pie de diez a veinte leguas por caños y laderas, porfaldas sembradas de espinas y monta– ñas bravías donde las arañas-monas, la culebra traidora, el caimán y el tigre acechan constantemente. Y le dio la batalla al medio duro, se enfrentó a la ferocidad del hombre de la selva, a la ferocidad del indio sin noción de Dios y de la Patria. Y ganó la batalla. La ganó para Venezuela, que dignificó con su empeño titánico, que santificó con su sandalia misionera, que elevó en sus hombres y mujeres, a los cuales llevó a Cristo y enseñó el dificil arte de amar a la Patria...» (G. B., en Venezuela Misionera, abril 1958.) El P. Nicolás ha dejado huellas indelebles de su carácter, personalidad y espiritualidad en todas las obras que realizó, particularmente durante su estancia en Venezuela. Llevaba muy grabada en su alma aquellafrase del Maestro: «que no os asusten las calamidades... Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiem– pos». Con la esperanza de esta promesa dio cabida en su quehacer diario a sufrimientos, privaciones y peligros incontables, que amasó generosamente con su programa misional: hacer de los indios hombres civilizados y discí– pulos del Evangelio. A su gran espíritu de abnegación acompañó siempre una espléndida generosidad con los enfermos o necesitados, ayudando, material y espiri– tualmente a cuantos reclamaban su asistencia o solicitaban un consejo. Su carácter era sencillo, amable, bondadoso y optimista. Religioso ejem– p lar y responsable de su vocación, supo amar y defender las glorias de la Orden en todo momento. 226

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