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En octubre de 1911 se obligó, también bajo voto, con las si– guientes palabras: «•.• Prometo nunca, directa o indirectamente, por mí o por otro de la Orden, buscar ninguna prelacía; y asimismo, fuera de la Orden, ni por mí o por otro, buscar o aceptar alguna prelacía a no ser obligado por aquel que me lo pueda mandar...» Fue un religioso trabajador, que odiaba la ociosidad; fue un hombre prudente para aconsejar, con agudeza de ingenio congéni– ta para vislumbrar las dificultades de las cosas y solucionar los asun– tos con serenidad en sus juicios y ponderación en el hablar... Muchas y justas son las alabanzas que nos han transmitido los docu– mentos oficiales al describir la fisonomía espiritual y el talante humano del insigne P. Mariano de Vega. ¿sometimiento? iExageración? iAñoranza? ¿sinceridad?... Son preguntas lícitas que nos podemos plantear ante la for– mulación de algunos enjuiciamientos menos favorables hacia su actuación. Como hemos insinuado anteriormente, la historia se hace y los hechos no se pueden negar, pero son los hombres los que la valoran; por eso existen apreciaciones diferentes que, en muchos casos, la aclaran y la dignifican. No somos ángeles, no somos perfectos; no hay razón para negar que, en una vida como la suya, puedan aparecer también imperfecciones y carencias, siempre compañeras inseparables de nuestra humana condición. No hay en ella claridades absolutamente nítidas, pero tampoco sombras profundas... Yo la dejaría como una amalgama de «grandes luces» con puntos de «pe– numbra», que puede ser acentuada por la intolerancia, pero también ate– nuada con una pequeña dosis de humana comprensión. BIBUOGRAFÍA: AO (1953) 43; Pobladura 262; AP, Libro de Actas 1946; E-1609; Cayetano 228; Estanislao 211 217 268; Leite 122 124 129 130. 187
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