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Febrero nión en la iglesia o llamar a los confesores cuando eran solicitados por los fieles. Algunas veces llegó a molestar al Superior porque le importunaba con repetidos toques de campana para que acudiera a confesar. Esta obsesión y celo exagerado fue causa de que el padre Juan Evangelista le castigase en público frecuentemente, cumplien– do los castigos humilde y ejemplarmente a pesar de su avanzada edad. Por la noche pasaba muchas horas en la iglesia disciplinándo– se y rezando en voz alta cerca del sagrario. Cuentan que en cierta ocasión, oyendo la gente que estaba en la calle un ruido dentro de la iglesia, avisaron al convento diciendo que había ladrones: era el bueno del P. Gil quien estaba causando aquel barullo con sus disciplinas y oraciones. A pesar de la debilidad mental que padecía en los últimos años, fue un religioso observante que prestó muy buenos servicios en el Comisariato y dio buenos ejemplos de santidad a los fieles. Falleció en Barcelos el 21 de febrero de 1945. El P. Gil fue un religioso muy austero y observante, penitente y dado a la oración, que vivía obsesionado por atender lo mejor posible a todos los fieles que se acercaban a la iglesia para pedir consejo o solicitar la confesión. No es de extrañar que, a causa de sus penitencias y devota contempla– ción, fuera considerado como un hombre santo. Cultivó una particular devoción a la Eucaristía, sorprendiéndole al– gunos abrazado al sagrario durante el tiempo de meditación. BIBLIOGRAFÍA: E-1910; Leite 121 138 156 380 510. 152
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