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u·· Febrero no pudo sustraerse a la justa admiración y a los merecidos homenajes del mundo de la ciencia, que él aceptó e interpretó como un homenaje a la ciencia en sí, y no a su humilde persona. En 1964, al cumplir los 60 años de edad y 25 de director del Instituto Histórico, éste le dedicó dos volúmenes de Miscellanea Melchor de Pobladura con la firma de 42 prestigiosos escritores de la Orden o ajenos a ella. Ya anteriormente, en 1955, la Real Academia de la Historia, de Madrid, le había nombrado correspondiente de la misma; el mismo año el Santo Padre le concedió la Medalla de Plata del Año Mariano por su actividad y méritos en la organización del grandioso congreso mariológico-mariano del año anterior (sección de las Familias franciscanas). En 1964, el jefe del Estado español le condecoraba con la Encomienda de número de Isabel la Católica; y en 1975, su Santidad premiaba con la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice los servicios prestados en la Congregación de Ritos o de las Causas de los santos. En cambio, cuando en 19 7 8 el P. Provincial propuso al P. Melchor la celebración de sus Bodas de Oro sacerdotales en el seno de la Provincia, el P. Melchor declinó decisiva– mente el homenaje, añadiendo: "estoy muy satisfecho por lo que he trabaja– do, y me siento inmensamente feliz de haber servido a la Iglesia, a la Orden y a la Provincia': El Señor se llevó a este siervo fiel a los 79 años de edad, cuando sus fuerzas .fisicas habían quedado irremediablemente agotadas por la enfer– medad. El P. Melchor nos ha legado una preciosa herencia con sus libros y trabajos, que no debemos dejar dormidos en nuestras bibliotecas, sino que deben ser leídos y consultados, porque en ellos ha dejado plasmado y auten– tificado nuestro pasado, nuestro carisma, cuya vivencia actual y sincera será la garantía de un hermoso porvenir. Y ésta, sobre todo, fue la grande lección que nos dejó el P. Melchor: nuestra gloriosa historia ha de ser vivida personalmente, porque sólo cuando la historia se escribe y se lee viviéndola, es verdadera historia. Todos hemos conocido, venerado y amado al P. Melchor como un her– mano humilde, pobre, observante, devoto, caritativo, y así le recordamos ahora y le encomendamos al Señor; él vivió así porque había descubierto en la historia la pureza y genuidad del ideal primitivo capuchino... » (Carta 148

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