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144 « ... el Señor me dio hermanos» Un marinero descubrió al padre Esteban en la capilla, rezando con los brazos en cruz, y le oyó decir que no se preocuparan, pues no se hundiría el barco. Dos protestantes abrazaron la fe católica, con– vencidos por el ejemplo edificante de los religiosos. En la ciudad de San Francisco los capuchinos fueron agazajados por los padres jesuitas. Incluso se pensó en una fundación, pero el arzobispo de la ciudad no halló la acogida que esperaba para esa idea. Se trasla– daron a Milwaukee, donde fueron muy bien recibidos por los capu– chinos alemanes, e invitados a incorporarse a su recién erigida pro– vincia. No aceptaron por las dificultades de la lengua, del clima y su sentido de grupo. El definitorio general había dispuesto, mientras tanto, que se trasladaran al Ecuador, donde el presidente García Moreno daba grandes facilidades para el establecimiento de la Orden. Pero esa noticia se cruzó con el viaje a Europa de los interesados, que se habían dividido ya en dos bloques. El del padre Esteban, embarca en Nueva York el 22 de febrero de 1873, tenía las miras puestas en España, en donde se esperaba el triunfo del carlismo. No serían ellos quienes fundaran en Ecuador, sino algunos de los capuchinos que quedaran atrás, en Santa Tecla, y que sufrirían también la ex– pulsión poco después. Pero podían ambicionar la restauración de la Orden en su propia patria. Haciendo balance de su apostolado en Centroamérica, el padre Esteban recordaba haber predicado 112 misiones, regularizado 13.349 matrimonios y distribuido 221.357 comuniones. A lo que habría que sumar los numerosos novenarios, tandas de ejercicios, triduos, etc. Dejaba, además, fundada en multitud de parroquias la asociación de la Divina Pastora. El 6 de marzo de 1873 desembarcaban en Le Havre y de allí, por París y Toulouse, se dirigía el padre Esteban a Bayona, donde los capuchinos españoles habían erigido un convento de la más es– tricta observancia en 1856, poniéndole bajo la dependencia del mi– nistro general y no de otros intermediarios. Era esa una especie de idea fija en la mente del padre Esteban, que superaba una situación heredada de los últimos tiempos del regalismo. En Bayona estaba seguro de hallar el trampolín necesario para el restablecimiento de la Orden en España: «Además de las misiones, yo querría res-
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