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294 «ALVERNIAl> ranzas de remedio, sin descanso, sin alivio..., y os habréis formado una idea muy imperfecta de lo que es el infierno. IV. CONCLUSIONES Y FRUTOS DE LA MEDI– TACION DEL INFIERNO La, meditación profunda del infierno, de esta verdad dogmática tan terrible, debe producir en nosotros frutos saludables y conclusiones decisi– vas para nuestra vida de cristianos y religiosos. De la consideración de esta postrimería, espontá– neamente deben salir del alma los afectos si– guientes: l. Agradecimiento. Si las penas del infierno son las más terribles de todas, si el condenarse es la mayor desgracia que pueda tener una cria– tura racional, por el contrario, el librarse de esas penas, el preservarse de esa eterna desgraci.a, será un ·beneficio grandísimo que debemos a la bondad de Dios y a los méritos de Jesucristo. Dios envió a su Unigénito para nuestra salvación; el Redentor nos lavó con su sangre y nos redimió con su muerte; la Virgen Inmaculada correden– tora intercedió por nosotros al pie de la cruz; les debemos un eterno agradecimiento. Jesucristo instituyó la Iglesia, los Sacramentos, nos dió to– do lo necesario para el perdón de nuestras cul– pas y conseguir la salvación de nuestras almas; luego debemos darle gracias continuamente. Quizá hemos pecado gravemente una o muchas veces; si Dios en aquel momento nos hubiera quitado la vida, ¿dónde estaríamos ahora? Se– guramente que en el infierno. Él, por su miseri– cordia, nos esperó, nos llamó, nos convirtió, nos dió la gracia de la reconciliación, la gracia de la vocación; nos colocó en lugar más seguro; por su misericordia no fuimos destruidos _(60); antes bien, preservados; luego del profundo de nues- \ 60) Misericordia e Domini, qui non s1Lmus consum7'ti. Thren., II, 22.

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