BCCCAP00000000000000000000621

CAP. V.-EDAD CONTEMPORÁNEA 463 minario de París. El P. Petitjean, del mismo Instituto, encontró allí todavía cristianos que, a pesar de dos siglos de haber vivido aislados de toda enseñanza, sin sacerdotes y sin culto, habían con– servado su fe cristiana. En auxilio de los sacerdotes del Seminario de París vinieron luego los franciscanos, misioneros de Steyl y dominicos españoles. Los jesuítas fueron enviados por Pío X a fundar una Universidad católica en Tokio (1913), la cual, después de muchas dificultades, ha entrado hoy en período de franco progreso y ha sido reconocida oficialmente por el emperador en 1928. El catolicismo progresa, aunque con dificultad, en el Japón, favorecido por la brillante cultura de sus habitantes y por la intensa propaganda de un buen número de sabios y de personajes notables que han abrazado el Evangelio. León XIII, en 1891, establecía la jerarquía eclesiástica con un arzobispado en Tokío y las diócesis sufragáneas de Naga– saki, Osaka y Hakodate. En 1927 fué consagrado en Roma el pri– mer obispo indígena japonés, Mons. J enaro Hayasaka, y fué con– fiada al clero indígena la diócesis de Nagasaki (16). El Japón, después de la guerra, es un campo abierto, libre y fecundo para la conquista espiritual. Es el momento propicio para la propagación de la fe cristiana. Se necesitan operarios numero– sos, cultos y bien formados para ganarlos al cristianismo. Si los católicos no aprovechan esta ocasión, no es imposible que el Japón moderno caiga bajo las garras del comunismo o pase al protestan– tismo. Sachalín fué ocupada en 1857 por Rusia, la cual cedió la parte meridional al Japón en 1905. Ejercieron allí el ministerio los fran– ciscanos polacos, iniciando la evangelización de la isla. En Corea se formó un vicariato en 1831, cuyo titular fué Mon– señor Bruguiere, de las Misiones Extranjeras de París; pero, como el país estaba cerrado a todos los extranjeros, no logró penetrar. Secretamente pudieron entrar en el territorio, en 1837, el P. Chas– tan; en 1839, el P. Maubant, y poco después el nuevo vicario, Mon– señor Imbert, pero los tres fueron martirizados en la persecución de 1839. Entre muchas dificultades, la Iglesia continuó progresando hasta el año 1866, en que estalló otra cruel persecución, en la cual perecieron dos obispos, siete misioneros y gran número de fieles. Obtenida la libertad de misionar en 1884, las conversiones empe– zaron a aumentar de una manera satisfactoria, gracias a lo'°' tra– bajos de los misioneros de Maryknoll, benedictinos de S. Otilia y sacerdotes del Seminario de París. (16) A. VOGT, Le Catholicísmc au Japon. París, 1905; A. LIGNEUL, L'Evangilc en Japon au XXe siec!e, París, 1904; MARNAS, La rclígion ele Jés11s resucité au Ja,iori, 2 vol!., París, 18!Hl; M. R. MIRANDA, A tra,,és de[ Ja.pón, Madrid, UH2; AMADO VLLION. Cincuenta años por e! Japón, trad., prólogo y ed. por el P. J\1. Do~IEZAÍN, S. J., Madrid, 1936.

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz