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CAP. V.-EDAD CONTEM:'OR:'\NEA 457 637. 3) Cooperación del pueblo cristiano.-En ritmo siempre creciente penetra en el pueblo cristiano el espíritu misionero y contribuye con diversidad de obras a las misiones, interesándose principalmente por las Obras Misionales Pontificias «La Propaga– ción de la Fe» (1822), la «Santa Infancia» (1843), «San Pedro Após– tol», para el Clero indígena (1849). En 1915 el Padre Manna fun– daba la Unión Misional del Clero, aprobada por Benedicto XV en 1916, la cual es el centro propulsor del espíritu misionero entre sacerdotes y seminaristas (7). 638. 4) La prensa misionera.-Las producciones literarias so– bre las misiones, ya sean de orden científico, ya de carácter vul– garizador y propagandista, se han ido multiplicando extraordina– riamente (8). Las numerosas publicaciones de todo género van formando, poco a poco, el ambiente y la conciencia misionera ; y, no pocas veces, Dios se sirve de las lecturas para suscitar vocacio– nes para el apostolado. Considerando éstos y otros factores, podemos explicarnos el movimiento extraordinario en favor ele las misiones eme en estos últimos tiempos, principalmente en lo que llevamos -de siglo. se ha ido desarrollando. 639. Enemigos de la evangelización.-Siempre fueron adversa– rios del catolicismo el paganismo, el judaísmo y el mahometismo. A éstos debemos añadir otros tres adversarios, que son el protes– tantismo, el comunismo y el nacionalismo. Mucho sufrieron las misiones católicas por causa de los herejes protestantes en los siglos pasados; pero no abrían misiones, no nos hacían la com– petencia en la propaganda y en la evangelización. Hoy no es así. Los misioneros protestantes son numerosos, están bien provistos de material escolar y medicinal, reciben cuantiosas limosnas de las sectas, trabajan en las colonias, se extienden por todo el mundo y nos quieren preceder en el campo y arrebatar la mies. El comunismo, ateo y destructor, se va extendiendo cada vez más en Europa, China, Indochina, Japón, Indonesia y algunos pun– tos del Africa. Si no se pone un dique a ese torrente devastador causará la ruina de tantas florecientes misiones, como sucede ac– tualmente con las de la China. Los pueblos no sufren el yugo extranjero y aspiran a la inde– pendencia nacional. Confesamos de buen grado que el amor a la patria es una virtud; concedemos que el sano nacionalismo, que no excede los límites de lo justo y de lo recto, no se con- (7) Véanse las ¡}p. 252 a 286, donde tratamos de estas Obras. (8) Cfr. Pio M. DE MONDREGANES, El movimiento misiono!ógico en la acttw!idncI Y sus 01ientacioncs científicas, Asís, 1934. Véase pp. 2132-285.

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