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CAP. V.-EDAD CONTEMPORÁNEA 455 africanas y en la lucha antiesclavista emprendida por el cardenal Lavigerie, escribiendo a este efecto, en 1890, la importante Encí– clica Catholicae Ecclesiae. También trabajó por la reunión de las Iglesias cismáticas de Oriente, y escribió, por último, su Encíclica misional Sancta Dei Civitas, en 1880. Pío X (1903-1914) no fué menos solícito que sus antecesores; así que siguió favoreciendo, aprobando y fomentando todo aquello que redundara en favor de las misiones, fundando numerosos co– legios misioneros y echando las bases de la Universidad católica de Tokío, que encomendó a los jesuítas. BENEDICTO XV (1914-1922) puede competir con Pío XI el glo– rioso título de «Papa de las Misiones». Su grandiosa Encíclica Maximum illud, de 30 de noviembre de 1919, contiene el gran «Programa» de la Iglesia misionera. Pío XI (1922-1939). Quizá ningún Pontífice ha trabajado tanto como éste en la obra de las misiones. Su famosa Rerum Ecclesiae, del 28 de febrero de 1926, es de tal trascendencia en el movimiento misional moderno, que se la ha comparado con la Rerum Nova– rum de León XIII en el aspecto social, y se la ha llamado la «Carta Magna de las Misiones». Complemento de ésta son el Motu Proprio Romanorum Pontificum, del 3 de mayo de 1922; la Encíclica Ubi arcano, del 23 de diciembre de 1922; Mortalium animas, del 6 de enero de 1928; Rernm Orientalium, del 8 de septiembre de 1928, y otros muchos documentos importantísimos emanados durante su fecundo Pontificado. La actividad misional de Pío XI culminó en la magna Exposición misional del Vaticano y en el Museo Etnoló– gico Misional de Letrán (2). El Sumo Pontífice Pío XII (1939 ... ) en el Discurso dirigido a los Miembros residentes en Roma, del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias, el 24 de junio de 1944, pronunciado poco tiempo después de la liberación de Roma, entre otras cosas decía: «Vuestro carácter internacional y vuestra fraternidad de trabajo hacen evidente y casi palpable el signo distintivo de la Iglesia Católica, que es la negación viviente de la discordia, por la cual las naciones están perturbadas y descompuestas, queremos decir, la universalidad de fe y del amor que pasa más allá de todos los campos de batalla y de todas las fronteras de los Estados, de todos los continentes y de todos los Océanos, la universalidad que os estimula y os mueve hacia la meta a la cual tiende de hacer coincidir los confines del reino de Dios con los del mundo ... El gran fin de las misiones es establecer la Iglesia en las nuevas tierras y hacer que eche sólidas raíces, de tal modo, que un día pueda vivir y desarrollarse sin el apoyo de la Obra de las Misio– nes. La Obra de las Misiones no es fin en sí misma ; ella tiende con (2) TRAGELLA, Pío XI, Papa Missionario, Milano, 1930.
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