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CAP. IV.-EDAD MODERNA (SIGLOS XV-XVIII) 429 -dice el holandés P. Enrique Peters-, fuera de España y de su hermana en espíritu apostóLico, Portugal, que como nación haya entendido y practicado una vocación misionera» (12). La cruzada misional que en los países del Nuevo Mundo emprendió España constituye la epopeya misionera más grandiosa que han visto rea– lizada los siglos, pues la Historia de las Misiones en los siglos xvr y xvn puede asegurarse que es principalmente la Historia de las misiones españolas y portuguesas; tal es la abundancia de misio– neros iberos ilustres que llenan aquellos dos siglos. Y testimonio de esta labor ingente son esas veinte naciones que España ganó para la civilización y, al mismo tiempo, para el catolicismo. 601. Los reyes de España y las Misiones.-Los monarcas espa– ñoles fueron los primeros en contribuir al éxito de esta cruzada misional en el Nuevo Mundo, siendo su primer cuidado proveer a la conversión de los indígenas que iban recibiendo el dominio de España, enviando misioneros en todas las expediciones; orde– nando a los colonos que llevaban permiso para poblar aquellas tierras que, antes de nada, trabajasen por convertir a los indios a la religión católica; concediendo a los misioneros grandes pri– vilegios y dando las más oportunas disposiciones para que su labor fuese más fácil y fructífera, como puede verse por las famo– sas Leyes de Indias y por las numerosas Reales Cédulas a este efecto expedidas, desde los Reyes Católicos hasta Carlos III y desde Carlos III hasta Fernando VII, contribuyendo también con su real Erario al sostenimiento económico de las Misiones. 602. El Real Patronato de Indias.-El Real Patronato de Indias tiene sn origen en la célebre Bula Inter caetera (1493) de Alejan– dro VI, en que concedía a los Reyes Católicos la investidura de todas las tierras que se descubrieran y conquistaran en el Nuevo Mundo, más allá de la famosa línea divisoria, pero a condición de convertirlas a la verdadera religión. «Os mandamos-son pala– bras del mismo Pontífice- en virtud de santa obediencia, que así como lo prometéis, y no dudamos lo cumpliréis, destinéis a las tierras e islas susodichas varones probos y temerosos de Dios, doc– tos, instruídos y experimentados, para adoctrinar a Ios dichos indígenas y moradores en la fe católica e imponerles en las buenas costumbres, poniendo toda la diligencia debida en los que hayáis de enviar» (13). Más tarde, el mismo Alejandro VI, en la Bula Eximiae Devo– tionis, con el mismo fin les concedió las décimas de todas las igle– sias fundadas o que se fundasen en aquellos países y, por último, (12) Cfr. E. PETERS, Vindicación de España en Fi!ipi11as, en Bib!iotltcca Hispana JHissionum, t. I, p. 54. 03) Cfr. Bull. Rom., t. V. p. 363, Augustae Taurinorum, 1860.

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