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CAP. IV.-EDAD MODERNA (SIGLOS XV-XVIII) 427 por Gregario XIII, y posteriormente, por Sixto V, que les concedió multitud de gracias para ellos y para sus paisanos católicos. El gobernador de Manila, Gómez Pérez de Marinas, con objeto de establecer relaciones comerciales entre japoneses y españoles, envió a Taiko-Sama una embajada, compuesta de cuatro francisca– nos, a cuyo frente iba San Pedro Bautista, que fueron bien recibi– dos del emperador. Valiéndose entonces los franciscanos de su ca– rácter de embajadores y de la benevolencia de Taiko-Sama comen– zaron a predicar el Evangelio con un éxito tan extraordinario, que pronto excitaron el odio de los bonzos, quienes, temiendo perder toda su influencia con el pueblo, sugirieron al emperador la idea de que los franciscanos eran espías del rey de España para preparar la conquista del país, promoviéndose entonces una sangrienta perse– cución, en que sufrieron el martirio en 1597, entre otros, veintiséis cristianos crucificados en Nagasaki, de los cuales seis eran francisca– nos, tres jesuítas y diecisiete terciarios de San Francisco. Estos son los Mártires del Japón, canonizados por Pío IX el 8 de junio de 1862. Muerto Taiko-Sama, cesó la persecución, y el catolicismo al– canzó un grado de florecimiento extraordinario, sobre todo des– pués que en auxilio de los primeros misioneros llegaron nuevos operarios evangélicos jesuítas, franciscanos, dominicos y agustinos. Extendiéndose por el Japón la falsa idea de que los misioneros españoles eran espías de Felipe II, que pretendía apoderarse de aquel Imperio, volvió a encenderse de nuevo la persecución, en la cual fueron innumerables los cristianos que, como en los primi– tivos tiempos de la Iglesia, se ofrecieron voluntariamente al mar– tirio con santa emulación. Los misioneros fueron en su mayoría desterrados y muchos padecieron el martirio, como los francisca– nos Pedro de Asunción y Juan de Santa Marta U 1616), Ricardo de Santa Ana (t 1622), Apolinar Franco (t 1622), Antonio de San Buenaventura (t 1628) y otros. Merece especial mención Ludovico Sotelo, que en 1613 fué enviado como embajador al Pontífice Pau– lo V y al rey de España. A su regreso fué detenido por varios años en Filipinas y llegó al Japón el 1622; apenas desembarcado, fué encarcelado y murió quemado a fuego lento el 1624, cantando el Te Deum (10). Muchos otros misioneros fueron martirizados, no cesando la sangrienta persecución hasta exterminar el catolicismo en el Japón, cuyas puertas estuvieron cerradas para el cristianis– mo hasta fines del siglo pasado (11). (10) Cfr. HOLZAFFEL, O. C., pp. 484-485. (11) Dice el P. BERNAHDINO LLORcA, S. J.: «La caza brutal contra los cristianos fué continuada por Jenutzu desde 1626. Los cristianos, y menos los misioneros, no se rendían; muchos misioneros entraban ocultamente en el Japón, donde les aguardaba el martirio. Los barcos que llegaban a puertos japoneses eran cuidadosamente exami– nados; todo cristiano era quemado, sin compasión. Se llegó a exigir de todo extran– jero que pisoteara el crucifijo. Pero en medio de todo los cristianos dieron ejemplo admirable. Se conocen nominalmente 3.120 mártires y se tiene noticia de más de 200.000 reducidos a la última miseria o desterrados ,por su fe.» Manual de Hist. EcL, p. 634, Barcelona-Madrid, 1942.

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