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CAP. IV.-EDAD MODERNA (SIGLOS XV-XVIII) III.-Las misiones en China. 593. Bibliografía.-S. ALCOBENDAS, O. F. M.: Las misiones franciscunas en China (1650-1690), Madrid, 1933.-H. CoRDIER: Histoire de la Chine et ses relations avec les pays étrangers, 4 vols., Paris, 1920-1921. -PASCUAL D'ELrA, S. J.: Las misiones católicas de la China, Shanghai, 1933.-IDEM: Il mappamondo cinese del P. Matteo Ricci, S. J .... , commentato, tradotto e annotato dal P. P. D'Elia... , Citta del Vaticano, 1938.-IDEM: Fonti Ric– ciane, editi e commentati dal P. D'Elia, 3. vols., Roma, 1943-49.-A. LAUNAY: Histoi,re des Missions de la Chine, 3 vols., Vannes, 1907-1908. -ÜTTO MAAs, O. F. M.: Cartas de la China, 2 vols., Sevilla, 1917.-PLANCHET: Les Missions de la Chine, Peking, 1935.-L. PÉREZ, O. F. M.: Los francis– canos en Oriente, en Archivo Ibero-Aniericano, 1909-1910.-TAccnr VENTU– RI, S. J.: Opere storiche del P. Matteo Ricci, 2 vols." lVIacerata, 1911-1913.– R. STREIT - J. DINDINGER: Bibliotheca Miss., t. VII, Aachen, 1931.-VATH: Johann Adam Schall von Bell., S. J., Koln, 1933. 594. San Francisco Javier murió a las puertas del Celeste Im– perio sin haber tenido la dicha de cumplir sus deseos de convertirle a la fe de Jesucristo. Pero sus hermanos en Religión se encar– garon de cumplir su testamento. El P. Melchor Núñez fué el primero en poner sus pies en te– rritorio chino, desembarcando en 1555 en Cantón. Más tarde, los PP. Ruggieri, Sánchez y Cabral comenzaron en serio la evangelización del país. El más célebre misionero de la China en aquel siglo fué el Padre Mateo Ricci, jesuíta, que nació de una noble familia de Macerata el 1552. Este insigne misionero creyó que podría grande– mente influir en la conversión de los chinos si lograba introducir la fe en la corte imperial, para lo cual se dirigió a la capital, que era entonces Pekín, con pretexto de acompañar a un mandarín. Una vez en Pekín (1601), bien pronto llamó la atención de los sabios chinos por su ciencia y por la perfección con que hablaba su idioma, en el que escribió varios libros científicos y de contro– versia. A la muerte de Ricci (1610), hombres eminentes continuaron y aurnentaron el trabajo intelectual y apostólico. Basta recordar los PP. Longobardi, Pantoja, Cataneo, Trigault, Aleni, Semedo, Schreck, Rho, Schall von Bell, Verbiest, etc. Los católicos conti– nuaron aumentando, y en el 1636 eran ya 38.200. Los mandarines y grandes literatos leían los libros publicados por los misioneros jesuítas y entraban con sus familias en la Iglesia católica; de tal modo que en 1636 se habían ya bautizado varios príncipes y miembros de la corte imperial.

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