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CAP. II.-EDAD ANTIGUA (SIGLOS r-v) 395 549. Cambio de frente.-En tales circunstancias, tuvieren los predicadores del Evangelio que redoblar su celo y cambiar algún tanto de táctica, pues ya no se trataba únicamente de instruir a paganos ignorantes, sino también de convencer a herejes, gene– ralmente eruditos o, por lo menos, bien enterados de los dogmas del cristianismo y que pretendían sostenerse en sus errores apo– yados en sutilezas teológicas. Por esto, los misioneros sencillos de los siglos anteriores hu– bieron de convertirse en Apologistas y Doctores y emplear al mismo tiempo la palabra y la pluma, echando mano de la elocuen cia y de la ciencia. Por consiguiente, como misioneros, y misio– neros insignes, debemos considerar a los Apologistas como San Justino (166), Atenágoras (199), Orígenes (h. 185-254), Tertulia– no (160-240), Lactancio (325), Minucio Félix (290) y otros. 550. Los Santos Padres misioneros.-Los Santos Padres fueron también grandes misioneros y trabajaron con ardor infatigable en la conversión de infieles y herejes, sufriendo por esta causa persecuciones y fatigas sin cuento. San Atanasio (373) y San Hi– lario (366) son célebres por sus luchas con los arrianos. San Cirilo, con los nestorianos; San Agustín (430), con maniqueos, donatistas y pelagianos; San Juan Crisóstomo (407), San Ambrosio (397) y San Jerónimo (420), contra toda clase de herejes, de tal manera que bien puede decirse que ellos fueron el sostén de la Iglesia en aquellos siglos de lucha. 551. Misiones en Abisinia y Armenia.-No por dedicarse a la conversión de los herejes dejaron los misioneros católicos abando– nadas las misiones entre infieles, sino que siguieron con celo in– fatigable trabajando en su conversión, así dentro del Imperio Ro– mano, donde aun quedaban muchos, como en las regiones vecinas, en muchas de las cuales ya habían entrado anteriormente. Abisinia, o por otro nombre Etiopía, cuyas primicias fué el Eunuco de la reina Candaces, convertido por el diácono Felipe, y en donde, según la tradición, había predicado con extraordinario fruto el Apóstol San Mateo, vió muy pronto extenderse por su territorio numerosas cristiandades. Pero los verdaderos apóstoles de Abisinia fueron los santos Frumencio y Edesio. Con pretexto de acompañar a un sabio de Tiro en un viaje de exploración científica, estos dos jóvenes auda– ces penetraron en aquel país. Asaltados en el camino y hechos prisioneros por los indígenas, fueron conducidos a presencia del rey, que los recibió con bene– volencia y les favoreció mucho, permitiéndoles que predicaran libremente el Evangelio en todo su reino, lo que practicaron ellos

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