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CAP. II.-EDAD ANTIGUA (SIGLOS I-V) 393 todo el mundo, se extendieron por los reinos vecinos, como la Persia, donde ya en el siglo II y rn había numerosas cristiandades, que bien pronto se reunieron en diócesis, con un metropolitano residente en Seleucia, no siendo molestados dichos cristianos mien– tras los persas estuvieron en paz con los romanos. Armenia, iluminada con la predicación de San Bartolomé y regada con su preciosa sangre, fué una de las naciones que más pronto abrazaron la fe de Jesucristo, habiéndose probado histó– ricamente la existencia en aquella nación de cristiandades flore– cientes en los primeros siglos de la Iglesia. Después del Apóstol arriba mencionado, debe Armenia su evangelización al celo infa– tigable de San Gregario Lusarovic, llamado El Iluminado, descen– diente de la familia real de los Arsacidas, cuya santidad y celo lograron la conversión del rey Tiridates II y multitud innume– rable de sus súbditos. Fué consagrado el año 300 metropolitano de Armenia, cargo en el que desplegó un celo verdaderamente apostólico. 545. Edicto de Milán y Concilio de Nicea.-La conversión del Emperador Constantino al cristianismo es un hecho de máxima trascendencia. En adelante, la Iglesia, en su avance evangelizador, ya no se encontrará con el tope de la autoridad civil ; sino, por el contrario, el poder temporal se hará instrumento eficacísimo de la Iglesia. El Edicto de Milán, promulgado por Constantino en 313, no sólo concede la libertad a la Iglesia para predicar el Evangelio, sino que hace del cristianismo la religión del Imperio Romano, que pone sus legiones al servicio de la Iglesia. Se abre con esto una nueva etapa para la predicación del Evangelio, que, viendo asegurado ya el Imperio Romano, se extiende por las naciones vecinas. Libre ya la Iglesia, y no teniendo que emplear sus fuerzas en propia defensa, las aplicó a dilatar sus propios confines, tomando entonces las misiones un nuevo incremento, ya que nuevos pueblos vinieron a aumentar su ya numeroso rebaño. Entonces fué cuando la Iglesia, vencedora del paganismo, pudo erigirse de hecho en Maestra y Legisladora del mundo en el mag– no Concilio de Nicea (325), el primero y más famoso de los que registran los fastos de la cristiandad y que dió, con la asistencia de obispos venidos de todas las regiones del mundo conocido, tes– timonio auténtico del fruto copioso obtenido por los obreros evan– gélicos en los tres primeros siglos de la Iglesia, terminándose con él aquella que bien pudiéramos llamar época heroica de las mi– siones (14). (14) Cfr. J. RrvrÉRE, La propagation du christianisme dan<J les trois premiers siec!es, París, 1907; F. CALI.EY, o. c., pp. 173-176.

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