BCCCAP00000000000000000000621

CAP. II.-EDAD ANTIGUA (SIGLOS I-V) 391 inauditas fatigas y peligros, hasta que por una providencia espe– cial vino a Roma, la capital del Imperio Romano, donde en com– pañía del Príncipe de los Apóstoles trabajó por convertir al cris– tianismo a los dominadores del mundo, recibiendo en recompensa, como los demás Apóstoles, la corona del martirio, probablemente el año 67 (9). Ayudaron a los Apóstoles en sus misiones los discípulos, entre los cuales merecen especial mención San Bernabé, que evangelizó la isla de Chipre, donde murió (h. 56) ; San Marcos, que escribió el segundo Evangelio (44) y fundó la Iglesia de Alejandría de Egipto. San Lucas, fiel compañero de San Pablo, escribió el tercer Evangelio (61-62) y los Hechos de los Apóstoles (63), que constitu– yen la principal historia de la Iglesia del 30 al 62. Después de la muerte de San Pablo fué a Acaya, donde sufrió el martirio. San Tito propagó la fe en Creta y Dalmacia; San Timoteo, obispo de Efeso, residía en esta ciudad, donde murió hacia el fin del primer siglo. Estos discípulos, con otros muchos, cooperaron con celo a la propagación de la fe (10). 541. Expansión del cristianismo.-No obstante las dificultades de todo género, al terminar el primer siglo el cristianismo se había difundido por una gran parte del mundo pagano. Existían flore– cientes cristiandades en el Asia Menor, Grecia, Italia, España y Francia meridional. Quien había recibido la gracia de la fe pro– curaba hacer participante a su prójimo, de tal modo que no eran solamente misioneros los obispos y sacerdotes, sino también los simples fieles, los soldados y los esclavos, contribuyendo todos los creyentes a la difusión del Evangelio. 542. La época de las grandes persecuciones.-La Iglesia, que posee una fuerza expansiva intrínseca, no se detuvo en su marcha triunfal con la muerte de los Apóstoles, sino que se extendió rá– pidamente por el mundo conocido, gracias sobre todo a los dis– cípulos inmediatos de los Apóstoles y al celo y ciencia de los Padres Apostólicos, y con ellos legiones enteras de misioneros anónimos para quienes el primer deber, después de recibir el bau– tismo, era trabajar para que lo recibieran igualmente sus conciu– dadanos. Apenas el cristianismo comenzó a manifestarse públicamente se levantaron perseguidores para combatirlo. El Imperio Romano ,.9! Cfr. ScHMIDLIN, Kath. Missionsgeschichte, p. 34, donde trae una copiosa lite– ratura acerca de San Pablo como misionero; G. VILLOSLADA, S. J., San Pablo ante la España pagana; FR. MoNTALBÁN, S. J., El Unii;ersa!ismo inicia! de la Iglesia. naciente; J. HoLZNER, Paulus, sein Leben ttnd seine Briefe..., Freiburg, 1940; G. RrccroTTI, Paolo Apostato, Biografía con introduzione critica e mustrazioni, Roma, 1946. Véase arrüja, p. 63. (101 Cfr. FREDEGANDUS CALLAEY, 0. F. M Cap., O. c., pp. 112-114.

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz