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376 P. II.-lVIISIONOLOGÍA JURÍDICA las colectividades, y sabido es que las ideas dirigen las naciones. La propaganda escrita puede ser en forma de libros de apologé– tica, de revistas, diarios, etc. Las publicaciones deben ser serias, claras y precisas, exponiendo y probando la verdad sin ofender a los adversarios. ¡ Cuántos sacerdotes católicos con una buena for– mación literaria podrían ser misioneros de la pluma! c) Penetración de los seglares.-El deber de propagar la fe ca– tólica incumbe no sólo a los sacerdotes, sino a todo miembro de la Iglesia. El elemento seglar o laico está también obligado a cooperar, según su estado y posición social, a la extensión del rei– no de Dios y a la conquista espiritual de las almas. Esa penetra– ción católica es obra común de todos: de la jerarquía eclesiástica, del misionero, del religioso, del sacerdote, del médico, del aboga– do, del estadista, del profesor, del maestro, del artista, del hombre culto, del obrero, del campesino y de todas las categorías so– ciales. Cada uno, según su estado y profesión, está obligado a mirar por el bien de su hermano. Los seglares muchas veces pueden penetrar donde no puede llegar el sacerdote. La Ac– ción Católica, en los países donde existen protestantes, debe ejer– cer el apostolado de la unión bajo la dependencia de la jerarquía. Podemos decir que hasta ahora el problema de la unidad no ha interesado fuertemente a las masas de los cristianos. Los cam– peones de la unidad han permanecido como soldados aislados que se han agotado en una lucha desigual. No se ha pensado en di– fundir la idea de la unión entre las muchedumbres cristianas. Hemos creído que los silogismos de la dialéctica o las deci– siones de los concilios o los escritos de los doctos y de los apo– logistas son suficientes para romper la dura superficie que se ha extendido sobre los fragmentos de la gran familia cristiana. Nos hemos olvidado de que las grandes ideas triunfan cuando no son solamente monopolio de teóricos, sino cuando descienden a la arena de la vida social, se mezclan con nuestras preocupa– ciones cotidianas, cuando despiertan el interés de los grandes y de los humildes, cuando penetran en la intimidad del hogar doméstico. Nos hemos lisonjeado que la voz de cualquier erudito quitaría los odios seculares y las rivalidades doctrinales. Por esto no se ha conseguido algún resultado. Todos tenemos obligación de orar y trabajar para que nuestros Hermanos Separados vuelvan a habitar pacíficamente con nosotros en la casa del gran Padre de Familias.

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