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CAP. IV.-OBSTÁCULOS DEL APOSTOLADO 367 por una prudencia cristiana le indicarán la oportunidad. Un celo indiscreto y una precipitación imprudente pueden frustrar su mi– sión (15). La misma conducta precisa observar en el cambio de ritos, ce– remonias, funciones, fiestas, diversiones, etiquetas, etc. La susti– tución por sus equivalentes, revestidos de aparato y solemnidad, insensiblemente irá cambiando las tradiciones que sean inconci– liables con nuestra religión. Repetidas veces tiene ordenado la Santa Sede que el misionero no debe hacer patria, sino formar cristianos. Querer que los indígenas vivan como los europeos, que sigan nuestras costumbres sociales, que cambien su vida de re– pente, es un error muy lamentable. La cristianización, como la civilización, requieren su tiempo de preparación. 503. 8. Las costumbres uacionales.-El misionero, que es el hilo conductor de la ciencia y de la cultura, no tiene derecho a despreciar al indígena inculpablemente privado de esos benefi– cios. Como hombres racionales y, sobre todo, como almas redimi– das por la Sangre de Cristo, cuya salvación busca, son dignos de amor y compasión. Nunca, por consiguiente, se deberán herir sus sentimientos personales o nacionales por extraños que nos pa– rezcan. El amor de patria, que nos hace apreciar más lo propio que lo ajeno, es connatural lo mismo al indio que al europeo ¿Por qué no respetarlo? Cada pueblo tiene sus costumbres, sus gustos nacionales, sus susceptibilidades peculiares, su espíritu propio; y no tiene derecho el misionero, por el mero ascendiente de su cul– tura superior, a suprimirlo todo ni criticarlo todo. Su misión es cristianizar, civilizar, colonizar, elevar en todos los órdenes a los seres que Jesús le encomendó en la porción de su extensa vma, En lo esencial y necesario muéstrese intransigente ; en lo acci– dental y secundario, tolerante (16). ' 504. 9. El nacionalismo.-Actualmente, en algunas regiones existen aspiraciones de independencia de toda dominación extran– jera. Africa, para los africanos; China, para los chinos ; etc. Los pueblos despiertan y se van dando cuenta de sus valores intelec– tuales, morales, económicos y políticos... El reino de Jesucristo es universal y no conoce fronteras; por esto, la misión de sus enviados está por encima de todas las aspi– raciones legítimas o exageradas de propias nacionalidades. De con– siguiente, nunca debe el misionero inmiscuirse en asuntos de esa naturaleza. Ni pretender hacer patria para sí, ni tampoco impedir (15) Cfr. G. DuFONTENY, o. c., mayo-junio 1927, p. 279. lDEM, Griefs des indigenes au sujet de l'Apostolat, en A1i.tour du prob!eme de l'adaptation, Compte rendu de la quat. Sem. de Miss. de Louvain, 1926, pp. 13 y 16; R. ALLIER, o. c., t. II, p. 116. (16) Cfr. F. c. BARTLEIT, o. c., cap. IX.
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