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362 P. II.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA conocer lo futuro; entre los indios de la América del Norte se cree que, cuando una persona está enferma, tiene poder para arro– jar al genio de la persona y de la casa. También hay en algunas regiones otra especie de sacerdotes hechiceros llamados fetichistas, a quienes se confía la tutela del fetiche de la tribu, en el caso que represente una divinidad benévola; en el caso contrario, tiene el poder de destruirla. En el Africa Central la hechicería fetichista ha llegado al tabuísmo. Todos deben respetar al animal fetiche, y cualquier género de violencia contra él sería castigado con la muerte. Al lado de los sacerdotes se encuentran comúnmente las sacerdotisas, consideradas como omnipotentes; tienen diversos ofi– cios, según los países. Lo más corriente es dedicarse a la brujería y adivinación. Salta a la vista el influjo que todos esos sacerdotes, hechiceros, brujas o sacerdotisas, comoquiera que se llamen, ejer– cen sobre los ignorantes indígenas (7). Su acción sumamente nefasta es un impedimento para la propagación del catolicismo. ¿ Cómo logrará el misionero convencer a los ignorantes de todas esas imposturas? ¿ Qué oposición o quizá persecución no suscitarán contra él los que viven a expensas de las simplezas de los demás, temiendo ser descubiertos? En primer lugar, el misionero debe ga– narse las simpatías de los elementos influyentes, declararles los engaños y supercherías en que viven, el incumplimiento de las predicciones, la insuficiencia de las causas y el temor inane a los elementos. En caso de una resistencia hostil, convendría ir sepa– rando poco a poco a la multitud de los impostores, haciéndoles im– posible su género de vida o aislándoles lo posible. El ejemplo edi– ficante del misionero católico, su desinterés, el celo por su bien corporal y espiritual, el esplendor del verdadero culto, la pompa de las ceremonias sagradas y sacrificios de nuestros altares pau– latinamente irán arrastrando a los indígenas hacia el sacerdote e iglesia de la Misión católica. 494. 8. La inconstancia.-Aun después de conseguida la con– versión de un indígena, no está todo hecho. Al principio encon– trará dificultades para observar el decálogo, las leyes eclesiásticas y las prácticas religiosas. Habituado, quizá, a una vida errante. nómada y salvaje, libre de toda ley en sus instintos y pasiones, es natural que sienta las luchas interiores del hombre caído y vi– cioso. El ejercicio de las virtudes será penoso, se verá como trans– portado a un mundo nuevo, para él desconocido. A todo eso se junta la natural inconstancia de los indígenas en algunos países, principalmente tropicales. ¿Qué hacer? ¿Dejar el campo abandonado? No, de ninguna manera. No olvidemos que donde abunda el delito, sobreabunda- (7) Cfr. CARMI:-.ATI, o. c., e¡)!). 143 y sigs.; Dt:FO:il'ENY, o. c., mayo H/28, p. 123.
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