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- 426 - muestra la falta de utilidad del conocimiento de las reglas del ade, etc., ni su innecesidad general. Más el que quiere edificar una casa va a un arquitecto y el que quiere curar busca un médico, etcétera. Decimos, pues, que puede alguno aparecer cor– tés sin conocer las reglas de la cortesía, ¿pero no será más seguro saberlas? Hay muchos que parecen corteses y lo que ha– cen es una parodia ridícula de la cortesía ... Se creen muy atentos y finos poniendo en caricatura la finu– ra cortés y educada. Entendemos, que en la época que hemos alcan– zado no nos basta una educación social rural y ca– sera; que es indispensable estar al corriente del modo de portarse y conducirse que tiene la so– ciedad. La educación exterior, o lo que es igual,· das forma~ sociales, son en el religioso como en todo hombre, lo que el barniz en los cuadros al óleo; que no es realmente cosa esencial, pero que lo preserva de los posibles deterioros y los abrillantan. Ni nos avergoncemos de apacecer cultos, por– que así como San Antonino de Florencia mereció ser llamado « el ángel de lus consejos•, el B. Jordán de Sajonia mereció ser mirado como « la dama cor– tesana de su siglo» por la suavidad irresistible de su trato.

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