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- 325 - goriza y proporciona elementos de· nutrición. Es preciso evitar dos extremos: la luz fuerte y la débil, porque la primera irrita los ojos y su excesivo estímulo produce amaurosis(!>; la segunda hace que las pupilas se esfuercen en la dilatación y la persis– tencia del esfuerzo ocasiona la miopía. La luz débil y contínua produce tristeza, melan– colía, da origen a la flaccidez de los músculo:-, a la intumescencia del rostro, al raquitismo, a la clo~o– anemia y a la tisis. La escasez de luz en las habitaciones contribuye. a que el religioso o la monja palidezca y contraiga enfermedades que puedan tener su asiento no sólo en los ojos, sino también en el aparato respiratorio, en el aparato circulatorio y en el aparato digestivo. La falta de luz fomenta la humedad, y por eso se debe procurar que en las celdas y locales entre abundantemente, a fin de que la religiosa o el reli– gioso no experimente la menor molestia en su tra-b.1- jo y en su salud < 2 >. Durante aquel conviene que se reciba la luz por el lado izquierdo, sobre todo para escribir, etcéte– ra, etc.; la que viene de la derecha proyecta som– bra y dificulta el claro trazado de la pluma; la que (1) Vulgarmente gota serena o catarata negra. (2) Apesar de todo, la luz de que nos servimos para los usos domésti– cos debe ser moderada, pues si es muy intensa sobreexcita la sensibilidad de la retina, ocasionando cierta exaltación en los centros nerviosos. La obscuridad produce efectos calmantes en ciertas afecciones oculares acompañadas con horror a la luz o fotofobiacas. En las exaltaciones de la parte psíquica, también obra como sedante la obscuridad.
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