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- 221 - querernos qué excite ·en nosotros tempestades de tristeza.» < 1 > «La tristeza, según Santo Tomás, es más noci– va al cuerpo que las demás pasiones, porque en– torpece el movimiento vital del corazón. « Tiene sobre ellas la desventaja de oprimir el alma por el mal presente, cuya impresión es más profunda que la del mal futuro; hace a veces enlo– quecer, como se ve en tantos que el dolor precipita en la melancolía o la locura., < 2 > «La tristez':l, dice el P. Lacordaire, es un hambre (1) II. pág. 395. NOTA.-A veces la tristeza proviene de la fatiga cerebral, en especial en los neurasténicos, que agotan rápidamente la energía de los centros nerviosos y reparan con lentitud su falta, acumulándoseles, en cam– bio, toxinas y microbios infestantes en la sangre... En estos casos convendrá cambiar de trabajo o darse al reposo o inyectar en el espí– ritu algunas·excitaciones agradables. Porque es sabido que una exci– tación causada por alguna noticia agradable, borra· !a sensación ·de cansancio o de tristeza. V.g. un religioso se encuentra abatido y se apresta a acostarse convencido de su mal estado; se le notifica la pre– sencia de un querido amigo ausente hacía mucho tiempo, y al momen– to se alegra, se le quita el cansancio y desaparece como por encanto la sensación, tristeza y fatiga. · Téngase en cuenta este fenómeno natural para no juzgar mal de ciertos cambios repentinos en el estado de ánimo. Las excitaciones nuevas y agradables, no crean nueva energía, pero ponen en liber– tad energías latentes. De hecho el religioso en cuestión sentíase fati– gado y triste, pero también de hecho se ha renovado su estado por aquella sensación dinamogénica o hemodinamófora, que tenia la propiedad de excitar la vida. Por este medio, a veces, en personas agotadas o neurasténicas de súbito, se despiertan nuevas energías, por la presencia de un estímulo hábil, de alguna idea que les ha infla-. ruado e interesado, etc. Una palabra cariñosa, una confianza impen– sada que se les inspiró, o un prejuicio que en ellas se destruyó, basta para eilo. Esto se echa de ver muy especialmente en los psicas– ténicos. (2) 1, 2, q. 37, a. 4.
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