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- 213 - del espíritu en el servicio divino, desligándolo de los deleites carnales. La mortificación sujeta la carne y da vigor al espíritu, haciéndolo apto para muchas cosas. Las mortificacioens corporales deben practicar– se con prudente discreción para que sean de utili– dad y provecho. Las demasiadas rigideces no raras veces engen– dran enfermedades con grandes irritaciones o alte– raciones anatómicas y fisiológicas. No entremos en los casos de excepción que es– tán debajo de la inspiración divina en espíritus ex– traordinarios. Pero recordemos que el mismo San Juan Capis– trano ordenó a Santa Catalina de Bolonia moderar sus penitencias, y que visitando el Convento donde vivía la Santa, tuvo por prudente moderar las aus– teridades de la Comunidad, dejándolas en un justo medio. < 1 > « Tan necesario, empero, es a la vida monástica la penitencia, como la predicación al apostolado, y la confesión de la fe al martirio.» < 2 ) No obstante, la prudencia, que es la reguladora de toda virtud, demanda determinar algunas reglas. Pero nunca olvidemos estas dos máximas de San Agustín: «El hijo del espíritu que debía haber sido espi- (1) Ocurría en aquel Convento que por ser la Prelada una monja de complexión austera, y por exceso de fervor de las religiosas, Jo que les parecía santo y perfecto•.. no era prudente..• (2) Rances Deberes Monást. tom. JI. pág. l.

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