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- 2r2 - El cuerpo es morada que Dios mismo ha cons– truído para nue~tra alma inmortal. No es propiedad nuestra sino de Dios < 1 > y lo debemos respetar. Ama y cuida a tu carne de manera que no pa– rezca carnal, y para eso sin descuidar su cultura, refrénala con decoro y con la fuerza del espíritu. /V\o rtifica e ion es La mortificación es necesaria para la vida espi– ritual, y como San Pablo debemos repetir: «Castrgo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre.» El cuerpo milita contra el espíritu y el espíritu debe militar contra el cuerpo para que no se ense– ñoree de nosotros. Las pasiones, empero, que trataremos de do– minar, no siempre son nocivas. Son buenas o ma– las, según el uso que se haga de ellas. < 2 > Algunas pasiones proceden del temperamento, otras del espíritu, pero debemos con la mortifica– ción dirigirlas al bien. La concupiscencia es la madre y la fuente de ellas, y es necesario regularla para que sirva al espíritu. El fin de la mortificación es alcanzar la libertad (!) J. Cor. 6. (2) Las anormalidades pasionales causan alteraciones físicas, per– turbación ¡;sicológica y confusión moral. No es este trabajo para hacernos cargo de las herejias que dijo Metcheucoff contra la mortificación.

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