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- 207 - cruz. No la cruz ajena sino la nuestra, la que Él nos depara a nosotros. Esa cruz nos eleva y nos transfigura... La prudencia hurnc1na Aun las personas religiosas en nuestras relacio– nes espirituales, pecamos de prudentes con exce– so... pero prudentes según la carne. Hay pocas almas perfectas, dice el P. Lallemant, porque pocas hay que sigan la dirección del Espí– ritu Santo. La causa de que se llegue tarde o no se acabe nunca de llegar a la perfección, es el seguir casi en todo la naturaleza y el sentido humano, y que apenas se atienda al Espíritu Divino, a quien pertenece ilustrar, dirigir y enfervorizar. La mayor parte de los religiosos, aun de los buenos y virtuo– sos, no ·se guían, tanto en su conducta como en la de los demás, sino por la razón y el buen sentido. Esta regla es buena, pero insuficiente para llegar a la períección. < 1) Por eso la presencia del Espíritu consolador que les debe animar, no la sienten ni la conocen directa– mente: ni aun en la dirección de otras almas. Efecto de la excesiva prudencia humana, es que se vive y se conduce uno según el común sentir de aquellos con quienes vive ... y con esto se cree cum– plir bien con Dios y con los hombres. (1) Doctr. pr. 4, c. 2 a 2.

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