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- 176 - No te ilusiones con tus prendas personales, por– que sobre ellas está la autoridad de los Padres. Es ceguedad incalificable el no mirar en el Su– perior otra cosa que al hombre. Es indudable que la autoridad divina se instala en el Superior desde el momento que recibe la canónica o legal proclamación, pero a vuelta de muchas cosas se pierde de vista esta estrella y no vemos en la frente del Superior irradiar la luz divina. No se diga que el religioso participa de teorías democráticas y absurdas de la época; pero son de lamentar algunas filtraciones de espíritu moderno en el concepto práctico, o sea de la realización de la obediencia. Sin ser demócratas a lo secular, quisiéramos ver en la representación del Poder un representante de la voluntad popular, secularizando la idea teológica que debe guiarnos en este empeño religioso. Sí; también hay entre religiosos algún anhelo de opinión pública y deseos de que la autoridad sea una glosa del querer común, o fiel intérprete de la masa. No digo que el procurarlo no sea prudente. Digo que esos anhelos tienden a perder de vista en toda su majestad y esplendor la autoridad. Inconscientemente, a pesar de nuestras convic– ciones teológicas y la profesión religiosa, nos arro– gamos una patente de «soberanía popular, e in– quietamos a la Superior jerarquía, cuando no nos
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