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Es verdad que nuestra naturaJeza no es propi– cia a recibir correcciones, y aun dado y admitido el derecho de hacerlas, discutirnos el modo y la mé'.di– da, de ciento noventa y nueve veces. ¿Qué diríamos hoy si, como San Pedro Amiens hizo con un religio– so por una palabra liviana pronunciada, nos privara por cuarenta días del vino? ¿Qué diríamos si se restablecieran las maneras de penitencias antiguas? Sea lo que fuere de su caducidad y de la evo– lución de las cosas, hoy, como ayer, podrá repe– tirse lo que S. Francisco Javier escribía al P. Gas– par Barceo: « El mayor mal que puede hacerse a un religioso y especialmente a los caracteres altivos es no reprenderles cuando faltan. ¿Es acaso compadecerse de un enfermo aho– rrarle el hierro y el fuego en casos de necesidad y de apremio? Reconocen los PP. que la señal más patente de la benevolencia divina consiste en lo expresado por Amos: «Os he escogido de entre todos los pue– blos de la tierra; por eso os visitaré sobre vuestras iniquidades». (Cap. III). Al contrario, el castigo mayor lo expresa Isaías cuando dice: «Se ha retirado de vosotros mi celo, ya no me irritaré contra vosotros en lo porvenir». Por lo cual exclamaba S. Bernardo:.« Dios mío, 110 quiero esa misericordia que es la peor de todas las venganzas». ¿Qué utiiidad reporta una compasión que es obstáculo para el arrepentimiento y la enmi~nda?
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