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sus verdores, carecía del -fruto. Por el contnrio, imitador perfecto de S. Pablo,sus sermones. predbaba á Cristo crucificado, y obser- vando la doctrina de este doctor de las gentes y la amonestación que en el ca- pítulo nueve de nuestra seráfica regla nos hace Ntro. Sto. Patriarca, dirigía las doctas pel'!masivas y encendidas cláusul 1s de sus sermones á. la utilidad y ediikación de sus oyentes, solicitando desterrar los vicios y radicar en ellos las virtudes, proponiéndoles para conse- guirle,, la eterna gloria que se merece practicando éstas, y la pena eterna que amena~a á quien vive en los otros. Esto era lo ~ue nuestro V. P. Fulgencio pre- dicaba, y así era tanto lo que agradaba á todos su doctrina, que siempre que se sabia era el siervo de Dios el orador, por grande que fuese el templo se llem ha, pue¡, toJos á porfia solicitaban la ocasión de oirle, como se experimentó muchas veces e~1 Córdoba y con más especiali- dad en Jaén. Aunque en este tan útil ministerio servia el varón santo, si para el bien co• mún ,le las almas, también para dar lus– tre y crédito á la religión; tuvieron por más c,)nveniente los PP. de la Provincia emplearlo en ot.ra cosa de que podría resultar maycres utilidades á la religión y también mayor edilicacíón á los pue-– bloe. Determinaron, p_u~s, hacerlo ayudante sus buenas de Mee::tro de novw10s, creyendo que la prendas. eficacia de su ejemplo lograría en aque-

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