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P. Eusebio Villanueva Dios nunca tiene prisas, pero a esa edad sí, ya casi no se puede seguir esperando más. Los ancianos -es sabido- se van alejando de los hombres y se van acercando a Dios. Hasta toparse con El. Llamada de Paradas, donde siempre es urgentísimo. Es Urgencias. Uno muerto y otro gravísimo. Accidente de coche. Dos jóvenes... Un coche que rueda superrápido. Y en un instante, sin razón aparente, sale de su carril para estrellarse contra el árbol. Los coches que llegan detrás se paran a unos 50 metros. Escenario trágico. Circulación bloqueada, testigos nerviosísimos, teléfono, llegada de los bomberos, de la Policía, de las ambulancias... Los restos del coche ... un montón de chatarra, que encierran a dos jóvenes mutilados, sangrientos inanimados. Al Hospital de Cabueñes. Ahí están los dos, muerto uno, el otro gravísimo... Finalmente los dos muertos... Una hora después la columna de coches habrá seguido su ruta. Algunos apretarán menos el acelerador. Se acabarán las prisas tan razonadas. La prudencia desacelera las ansias y las prepotencias. Cada uno irá meditando a su manera... En unos segundos esos dos jóvenes se han jugado la vida y han perdido. ¿Por qué? ¿Cómo? Nadie lo sabrá probablemente. Dos familias llevarán toda la vida el peso de este misterio. ¿Quiénes eran estos dos jóvenes? ¿Cuáles eran sus esperanzas, sus penas, su vida? ¿Qué decían, de qué hablaban o reían una hora antes o 5 segundos antes? ... «El Señor vendrá a la hora que el servidor no conocía» ... «Estad alerta, porque no sabéis ni el día ni la hora» ... Trágico tributo el del coche. Miles cada año mueren salvajemente sobre las carreteras. La radio y la tele nos comunican los partes y hacen llamadas a la prudencia. Pero estemos habituados. Eso ocurre a los otros y en otros sitios. Y después un día somos testigos, quizá hasta «tocados» en alguien de nuestro entorno. Quedamos conmovidos algunas horas, algunos días. En seguida se terminan las aprensiones al situarse al volante del coche ... Esos mismos conducto– res que se impresionan ante su autoradio por el asesinato de una anciana, o de un secuestrado, o en un bombardeo, o en un atentado terrorista. Pero la veintena de muertes sobre nuestras carreteras nos dejan ya insensibles. ¿Por qué? Decidida– mente Dios te salve del misterio. ¡Terrible la muerte como salario del progreso técnico! Guardo silencio unos minutos del reloj y del corazón. Llegan los familiares de uno y otro. Lágrimas, ¿por qués?, ¿cómo es posible? Todo increible e inesperado. Las lágrimas sin pudor, naturales al dolor, expresión misma. Ellas preparan el camino de la separación definitiva... Me vienen encima inevitablemente, se me imponen una vez más, las imágenes paralelas del nacer y del morir. El trabajo de dilatación, preludio del desgarramiento por el hijo del seno de su madre a la hora de venir al mundo y este arrancamiento afectivo, visceral, a la hora de «salir» de esta vida... Yo no encuentro nada que decir a estos doloridos familiares. Yo les estrecho frecuentemente la mano al compartir su dolor... Yo creo que sería horroroso tener respuesta a todo. ¡Horroroso! A las 5'45 nueva llamada de presencia en la habitación 712-C. Un señor anciano fallece. Ningún familiar ha llegado. Separada su cama por un simple biombo. Las otras visitas han salido respetuosamente. Alguno leyendo... La muerte en los hospitales es tan hecho corriente, que ha perdido el sentido de la sorpresa y del temor. Quizá un agarrarse más a la vida, cuando se ve al otro irse por el «tobogán». Yo pienso que no llegaré a acostumbrarme, a verlo como hecho 196
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