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muchas jóvenes. Con ciertos vestidos apenas habrá hombre que pueda mirar con respeto a la mujer. Que el vestido em– bellezca, sí, pero que confiera mayor atractivo a la persona– lidad que al cuerpo. La moda ha rebajado la dignidad de la mujer conside– derando su cuerpo como apoyo de vanidades; la moda con demasiada frecuencia ha prostituido el cuerpo de la mujer. Aún más, ha conseguido que la humanidad estime como ele– mento fundamental del valor de la mujer, la belleza de su cuerpo. Hoy la mujer alcanza mayores triunfos y homena– jes por ser bella e incluso indecente que por ser virtuosa. Es– ta realidad palpable está constituyendo para la juventud fe– menina más sana su más fuerte tentación de perversión al reconocerse postergada y con cierto complejo de inferioridad social. La moda ha embellecido a la mujer en su superficie, pe– ro ha echado un manto tupido, aunque deslumbrante, sobrt> su personalidad. Apenas si se concibe ya una muJer supe– rior sin atender primero a sus dotes corporales. De esta ma– nera la moda se ha llegado a establecer como arranque dP una sociedad materialista y lujuriosa. Las modas han arrancado de la mujer el horror al des– nudo y su característica más acusada: el pudor y del hom– bre su repulsa. El vestido es el lenguaje con que la mujer manifiesta su inteligencia y su moral. Dice el Espíritu Santo en el Sdo. li– bro del Eclesiástico: «El vestido y la risa dicen quién es cada uno». Si tenemos en cuenta esta medida nos vemos obliga- 177

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