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fuerzas espirituales: es la transformación y la subversión de la vida femenina. El carácter de la vida y de la educación cultural de la mujer estaban inspirados, conforme a la mús antigua tradi– ción, por su natural instinto que como propio reino de su trabajo le seüalaba la familia. Apartada de la vida pública y fuera de las profesiones sociales, la joven, cual flor en cre– cimiento, guardada y protegida, por su vocación Pstaba desti– nada a ser esposa y madre. Hoy la antigua figura femenina hállase en rúpida trans– formación. La joven sale de su retiro y entra en casi todas las profesiones, campo antes reservado exclusivamente a la vida y a la actividad del hombre. Comienzan tímidas en un principio y después cada vez más fuertes. Pero hoy cual proceloso río que desbordando sus diques vence toda resis– tencia, la falange femenina parece haber penetrado en todo el terreno de la vida del pueblo. ¿Qué cabía a la Iglsia ante esta nueva condición social de la mujer? ¿Podía negar o ignorar el hecho y no cuidarse de él? La estructura moderna de la sociedad que tiene por fundamento la casi absoluta paridad entre la mujer y el hombre, se apoya en un falso supuesto. Es verdad que la mujer y el hombre son, en lo que se refiere a la personali– dad, de igualdad, dignidad y honor, consideración y estima; pero no son iguales en todo. Determinadas dotes, inclinacio– nes y disposiciones naturales son propias exclusivamente del hombre o de la mujer o les están atribuidas en grado y valor distintos, unas mús al varón, otras más a la mujer, según aquella peculiar manera con que la naturaleza misma les 124

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