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V8DUOliZ8F desde los signos de los tiempos carra bias, sermones siempre de reprimenda, visión tremendista y negativa de casi todo, un Dios que espera con el látigo, una Iglesia que accede al final a todo si hay recompensas de por medio. ¿Falsean la realidad? Desde luego, pero no la forma en que la hemos dejado traslucir. Tenemos que volver al Padre como el mismo Jesús nos lo enseña, porque "a Dios nadie lo ha visto nunca, sino el Hijo único que está en el seno del Padre, El lo ha revelado" (JN, 1 1 18). Los dirigentes del pueblo judío se negaron a aceptar la imagen del Dios que Jesús les ofrecía. No era el Dios nacionalista que ellos tenían en mente. Al presentarlo como Padre de todos, como abierto a todos, perdían consisten– cia sus intereses políticos y la pureza de su raza. El Dios guerrero, vengativo, justiciero en el que confiaban "no se puede armonizar bien con el Dios Padre de Jesús, con su gratuidad y misericordia, con su debilidad en la encarnación y con su fragilidad y vulnerabilidad en la cruz, sigue diciéndonos F. Martínez. Por eso, a la mayoría de los contemporáneos de Jesús les resultaba difícil acep– tar al Dios revelado por Jesús". Me pregunto si muchos de los cristianos no han llegado también a la con– clusión de que ese Dios tampoco les sirve porque tiene celos del hombre, entra en pugna constante con él para recordarle la sumisión que le debe, y no puede tolerar su libertad. El "sano temor de Dios" tal como lo hemos predicado ha podido llevarnos a verlo como un simple dictador. Este Dios implacable, que se impone más por la fuerza que por la bondad, no coincide con el de Pablo que nos dice que "siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de símismo toman– do condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre¡ y se humilló a sí mismo, obedeciendo a la muerte y muerte de cruz" (Flp, 2 1 6). Estamos ante la presencia de un Dios que, lejos de humillar al hombre para someterlo, le hace partícipe de su divinidad. Y ante un hombre que, en la ltf■
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