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MISION DE LOS PP. RECOLETOS. —CAPITULO II 219 despachadas en Tolosa el 12 de junio de 1660. Concedió, ade- más, el Soberano, ornamentos, campanas, cálices, misales y otras cosas necesarias para celebrar el culto divino, según consta (le una Real Cédula, despachada el (lía 20 del mismo mes y ano. Libró también Su Majestad 12.544 reales de plata en las Arcas Reales de Caracas, en cada año, para vino, cera y el vestuario de los religiosos, por otra Real Cédula de 31 de julio de 1660. Y confirmó el despacho del año 1656, en que se había concedido a los primeros Misioneros 7.500 reales, y 800 más para comprar cuatro caballos; y habiendo preguntado los oficiales de Caracas que si murie do algún religioso o fal- tando por cualquier otra causa se había de disminuir la li- mosna, el Real Consejo contestó en otra Cédula de 21 de ju- flO (le 1662, que se pagara íntegra la limosna. La segunda expedición, compuesta de catorce Misioneros, quedó incorporada a las Misiones de Píritu; pero, como no estaban aclimatados, enfermaron casi todos y la mitad de ellos regresaron a España; fueron éstos los PP. Moreno, del Río, Segura, Palermo, Rivas, Acuña, el corista Fr. Nicolás y el lego Fr. Francisco. Repuestos los que se quedaron, y unidos a los primeros, empezaron a organizar la fundación de pue- l)loS de indios. Fué ci primero de todos Santa Clara de Zapa- ta, cuatro leguas de la costa. Fué su fundador el P. Cristóbal de la Concepción, y se (lijo la primera misa en 1660. En el mismo año se dió principio a otro pueblo en las riberas del río pare, con el título de San Antonio de Manascima, que des- pués hubo que trasladar por inconstancia (le los indios. En 1662 el P. Comisario, Fr. Francisco Laurel, fundó la Misión de San José de Chiguatacuar. Por este tiempo se encendió una guerra enconadísimna entre los indios Palenques y Cumana- gotos, que puso en peligro las Miiones; por fin, después de muchos trabajos, lograron los Misioneros ponerlos en paz, y siguieron las fundaciones. Como el título de Comisario de las Misiones era en los principios vitalicio, lo cual tenía sus grandes inconvenientes por la edad, enfermedades y otras causas, y habiéndose enfer- mado (le la vista hasta quedarse casi ciego el P. Gómez Laurel, el P. Comisario general, Fr. Andrés de Guadalupe, a petición
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