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162 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. Después de esta terrible apóstrofe conminatoria , idéntica a las que proferirá en sus más célebres misiones, suavemente torna fray Diego su pa– labra a la figura del venerable y hablando de las virtudes que prácticó, dice : «En el amor de Dios se adelantó tanto este varón venerable, que abra– sado su corazón en este incendio, exhalaba no pocas veces las más vivas expresiones del interior oculto fuego, que le animaba ... «A este amor de Dios grande del venerable padre acompañaba el más tierno y filial, que a la Reina de los ángeles María Santísima profesaba . Inseparables, llegó a decir san Cirilo alejandrino que eran estos amores a Dios y a María (Hom. contra Nest.), y por eso nuestro venerable difunto , como tan amante de Dios, lo era también de su Madre. Era este amor, no de boca o de palabra , sino de obra y de verdad. (Joan. , 3, 18). «Todos los días infaliblemente le rezaba el oficio parvo, que se intitu– la Piísima; y si alguna vez en uno , dos o tres días, por sus ocupaciones, lo omitía, luego que se desembarazaba algún. tanto, reintegraba aquella quie– bra con repetirlo, según el número de días que había dejado de rezarlo. Asístía puntualmente a la corona, que en todas las noches le ofrecen en común sus particulares devotos, a que añadía entre año algunas novenas sobre aquellas festividades y misterios de su especial devoción. El invio– lable ayuno de los sábados con otros devotos ejercicios los dedicaba al honor y culto de esta purísima Señora, y en sus sermones y conversacio– nes prin1das exhortaba a todos a que fuesen siervos y vasallos de esta Emperatriz del cielo y común Madre de todos, dando y repartiendo algu– nos libritos y novenarios (que solían ser de la Pastora) para que mejor lo ejecutasen. «Hija de esta caridad con Dios es aquella con que amamos a nuestros prójimos. Esta, que es la plenitud y complemento de la ley (Rom., 13, 8), llegó a tal grado en el venerable padre, que parecía vivía de sola ella. Esta era la que, sacándolo de su retiro en el silencio de María , le hacía ocuparse en las juiciosas inquietudes de Marta. Esta lo llevaba por las ciudades, villas y lugares , por sus calles, casas y plazas, corno al Divino Redentor (Luc. , 8, 1), buscando la ovejuela perdida, para volverla al aprisco del Señor. Esta lo traía siempre ejercitado, aun en sus retiros religiosos. Esta lo ocu– paba de continuo por el día y lo privaba de descanso por la noche. Esta le hacía olvidar sus alivios, por atender al bien espiritual de sus hermanos . Esta , finalmente, fué la que en alas de su fervor lo llevó a la sepultura, quitándole dulcemente la vida a la violencia del tesón continuo de sus apos– tólicas tareas. Pastor verdaderamente bueno , que no dudó poner su alma o perder su vida por la espiritual salud de sus místicas ovejas (Joan., 10, 11)> (1). He aquí otra semblanza del padre Benaocaz en trazos de lo que fué para Dios, para la Santísima Virgen y para las almas que forman su reba– ño. Mas a poco que nos fijemos, resultará todo lo dicho un presagio y el verdadero retrato de lo que será el apóstol de España. No puede negarse la influencia ejercida en su alma por este santo modelo, al que sin duda al– guna se propuso imitar puntualmente en todá su vida. Pero la trascenden– cia de este discurso fúnebre no está sólo en el cuerpo histórico y doctrinal de su desarrollo, sino mucho más en su dedicatoria, de la que trataremos seguidamente. l . lb., pp. 59 y s.

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