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Padre tuyo sufre horriblemente es porque la reparación es dolo– rosa y el pecado, enorme". Le aseguró que el P. Pío era "el alma víctima", tan amada por El. El misterio de la iniquidad exige víctimas y víctimas puras. Leamos --sin comentarios-- lo que Lucía Fiorentino dejó escrito en su cuaderno de "coloquios divinos" con fecha del 17 de mayo de 1926: "Rezaba yo por el pobre P. Pío, tan zarandeado por enemigos y falsos amigos, y Jesús... me habló con tono impe– rioso: "Oye, hija mía. Estoy muy dolido por todo lo que sucede. Mandé al mundo a este hijo ... Le haré actuar con admiración de todos para traerme almas . Su mandato a algunos parece difícil, sus obras son un mistério... Por ser muy perseguido y atacado siento yo amargura, porque todo este pueblo, y especialmente los sacerdotes, no hacen más que renovar mi crucifixión en la perso– na de este padre". . Es un rayo de luz sobre el misterio de este sacerdote puro, martirizado de mil maneras. La voz añadió: "Sacaré a mi fiel siervo de las garras de bestias feroces". Palabras de amor En toda esta turbia sucesión de sospechas, ataques, limitacio– nes y prescripciones, no faltaron voces amorosas que compartían su dolor. La voz más deseada y más tranquilizadora fue la de Jesús. Fue la que trajo una claridad imprevista que iluminó hasta la oscuridad más densa. El P. Pío la recogió, tal cual la oyó, en el mismo día, 21 de julio de 1929, en un minidiario: "Después de quince largos años de penoso sufrimiento, esta mañana, después de la misa, durante la acción de gracias, en un breve instante oí íntimamente a Jesús que me decía: Sosiégate, no te incomodes: Yo estoy contigo. Sentí que me volvía a la vida, la cual me habían destrozado por el largo martirio sufrido los quince años anteriores. Todo me parecía acabado: todo mi ser estaba como en una prensa; todo me causaba náusea; todo me molesta– ba... Me volvía a Jesús, pero ¿quién respondía? La nada, la nada 241

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