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su morboso fanatismo, sin que les preocupen las supremas auto– ridades de la Iglesia. He llegado 'incluso a hacer una notificación... para cortar ese falso entusiasmo y para atraerles a observar lo dispuesto por el Santo Oficio". Espera que terminen "estas sombras foscas y oscuras que envuelven mi pobre persona y que pesan sobre mi pobre madre la provincia, que sufre y calla desde hace tantos años, y sobre el devoto pueblo de San Giovanni". Autorizado de nuevo para confesar, le impusieron ciertas nor– mas de conducta: ir directamente al confesonario y, terminadas las confesiones, retirarse inmediatamente al convento sin dete– nerse por ningún motivo. Se invitó a los superiores a tomar las necesarias precauciones para evitar tanto las falsas interpretacio– nes, como las manifestaciones públicas y la excesiva aglomer3:– ción, tanto en la iglesia como fuera. Sacaron a relucir otros temas como la duración de la misa, precisando hasta los momentos: "al ofrecer el cáliz permanece con el cáliz alzado varios minutos; va muy despacio cuando pronuncia las palabras de la consagración; en la genuflexión se queda como clavado; se está mucho tiempo en los mementos, etc.". Por lo cual le ordenaron que no tardase en la misa más de treinta o treinta y cinco minutos. El sacerdo– te de Pietrelcina no tenía libertad ni de expresar en el altar lo que sentía en el corazón. Por eso manifestó al P. Agustín el 6 de octubre de 1937, que no lo hacía adrede, que se sentía "como clavado, atraído por una fuerza misteriosa", que había pedido al Señor que le librase de esta prueba, pero que había tenido que cargar con ella. Terminó, muy dolorido: "¿Qué hacer? Fiat". Atacado en sus actividades más santas, hubiera sido sorpren– dente que no le hubiesen lanzado también ataques sobre su ho– nestidad, sobre la pureza y la castidad. Ya el 25 de marzo de 1934, el provincial, P. Bernardo de Alpicella, le había prohibido "hablar -sin una especial autorización del superior mayor- con ninguna mujer". Llegaron también estos ataques a través de cartas anónimas dirigidas al superior del convento de San Giovanni Rotondo, desmentidas luego por otras también anónimas. Se sospechó que "de noche se habían acercado mujeres al convento y que hasta habían entrado en la iglesia". Se atacó "su moralidad y su sagrado ministerio". 239

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