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Se sospechó acerca de su exactitud en la administración y distribución de las ofertas que recibía. Estas sospechas se filtran ·a través del Diario del P. Agustín. En abril de 1924 subía a San Giovanni Rotondo, como visi– tador por parte de la Orden acerca de la administraicón, el P. Ce– lestino de Desio, que ya había subido el 23 de julio de 1922, para hacer una investigación sobre el asunto. El 19 de mayo de 1937, preguntado por el P. Agustín sobre la administración de las ofertas, el P. Pío respondió que "él lo en– trega todo al superior según la intención del donante, sea estipen– dio de misas, simples ofertas o en favor de los pobres". El 6 de octubre de 1937 el P. Agustín le dijo claramente que le habían acusado "de haber manejado dinero sin permiso del superior". Aunque íntimamente dolorida, la respuesta del acusa– do fue precisa: algunas veces se trataba de restitución en la con– fesión, otras de pasar dinero de una persona a otra. En ocasiones eran limosnas que le entregaban algunos bienhechores para per– sonas necesitadas que no querían ser conocidas. "En resumen - concluía el P. Agustín- del conjunto de lo hablado con él saqué la conclusión - por lo demás ya estaba convencido de ello- de la rectitud del padre en materia de pobreza". La carta del P. Pío del 18 de mayo de 1926 a su provincial, el P. Bernardo de Alpicella, es un relato más o menos relevante de su modo de comportarse. Aunque aportaba razones para explicar y esclarecer algunos hechos, el P. Pío se sintió vejado. Para darse cuenta, basta este desahogo: "Siento el ánimo destrozado y des– hecho, hasta el punto de no poder más. Padre mío, qué infamia la que le han descrito, a sabiendas de que mentían, de que querían mentir calumniosamente. Este es el agradecimiento que recibo después que he entregado toda mi vida en favor de mi sagrado ministerio". Por ejemplo, acerca de que se deje besar las manos mientras está en el confesonario, escribe: "Lo sabe Dios y lo saben también todos los que se encuentran en nuestra iglesia, cuántas veces les he regañado. Si con todo no lo he conseguido, ¿qué culpa tengo yo? ¿Voy a empezar a bofetones? De tener las manos buenas, acaso lo hubiera hecho". Rechaza la acusación de turbar la paz del convento: "Me dice también que soy la causa de que los religiosos no gocen de paz... Esto me anonada y me destroza el alma hasta ponerme en agonía. ¿Qué paz he turbado, Jesús? Dios 237
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