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aquella prueba que duraba ya tanto y que cada día iba en aumen– to. A finales de 1925 el P. Pío se desahogaba, en una carta, con el superior provincial, abriéndole su "corazón ulcerado y destro– zado". Desde el 22 de diciembre "mi espíritu se sentía solo, com– pletamente solo, acompañado de una convicción íntima y total, contra mi voluntad, de encontrarme abandonado de todos. Es inútil que me esfuerce en hacer actos de conformidad con Dios, que acuda a él. Silencio total, sin excluir al mismo cielo que para mí era de bronce. He soportado un medio infierno, y digo medio, porque en medio de tan dilacerante martirio no me sentía deses– perado del todo". Al provincial le descubría una necesidad, que se le había hecho tan apremiante, que le martirizaba: "Siento vivo deseo de una verdadera, sincera e íntima conversión a Dios, y no sé por dónde ni cómo empezar. Esto es lo que continuamente pido a Jesús: mi conversión. Si vivo en su desgracia, que me lo haga ver claramen– te y no sólo suponerlo o sospecharlo, porque de esta forma nunca lograré comprender nada y mucho menos resolverme a hacer algo. Quiero salvarme a toda costa y a despecho de satanás". En otra carta le recordaba como su paz interior se encontraba "pues– ta de continuo a dura prueba". Echaba la culpa al diablo, decla– raba que desahogaba "toda su angustia" ante el Señor y que se esforzaba por enterrarlo todo en su propio corazón. En estos años la prueba tocó techo. El P. Agustín alude a ella repetidamente como a "la prueba que le aflige desde hace mucho tiempo", "la acostumbrada dolen– cia espiritual", "el íncubo de la dura prueba", "siempre tormento– sa", "como espina clavada en el alma", con momentos de alivio y con "altibajos", sin tener certeza de su amor a Dios, de si cumple su voluntad, de lo que ha trabajado, de si está en gracia, de si se salvará. Se encontraba trabado para obrar, perplejo "de si hacía bien o mal en cuanto emprendía". Vive "en una incertidumbre misteriosa, por lo que el alma no acierta a regirse". El 2 de enero de 1932 le hacía el P. Pío esta confidencia a su director espiritual: "Con frecuencia Jesús se deja sentir, habla al alma, dignándose concederle visiones intelectuales; otras veces calla... o se deja ver crucificado". El 2 de mayo de 1933: "El Señor se esconde". Declaraciones del P. Agustín. 16 de abril de 1935: "Hace 235
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