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deseaba que este traslado se efectuase cuanto antes. Pero previen– do que el inmediato traslado del P. Pío provocaría dificultades de orden local, se indicaba que se llevase a cabo lo más pronto posible. Finalmente se mandaba que ni el P. Pío ni otros en su nombre contestasen a las cartas que venían dirigidas a él por personas devotas, ya se tratase de pedir consejos, de pedir gracias o por cualquier otro motivo. Todas estas precauciones pesaban sobre un hombre que esta– ba ya crucificado: por los estigmas, por el confesonario, por el altar, por la copiosa correspondencia epistolar. Con fecha del 28 de junio de 1922, el P. Pedro de Ischitelle, provincial de los capuchinos de Foggia, escribió una carta al superior general, para cerciorarle de que pondría todo su empeño en llevar a la práctica del mejor modo posible todo lo ordenado. Por amor a la verdad, el provincial exponía la situación real de San Giovanni Rotondo. Recordaba la "continua y severa vi– gilancia" que desde tiempo se venía practicando respecto del P. Pío y de lo que sucedía en torno a él. Aludía al "comporta– miento reservado hasta el exceso" que había impuesto tanto al P. Pío como a los otros religiosos con el fin de evitar "cualquier propaganda en torno a su nombre". Declaraba que, dentro y fuera del convento, se trataba de evitar "cualquier distinción", de modo que el P. Pío -"que ya de suyo evita toda singularidad– está sometido en todo a las prácticas de la vida común". Añadía que si alguna distinción había para el Padre, era sólo en la mesa, en la cual, "teniendo en cuenta su delicada salud, se le servía... la comida, nada exquisita, que su estómago podía soportar". El padre provincial explicaba además, en la misma carta, que la hora tardía en que celebraba el P. Pío "se estableció para comodidad de las personas" que frecuentaban la iglesia conven– tual, distantes algunas tres kilómetros. Por su parte el P. Pío aceptó voluntariamente celebrar a esa hora, para dejar libres a los otros religiosos que se dedicaban a la enseñanza y para tener tiempo para confesar antes de la misa". El P. Pedro quiso igualmente poner en claro el comporta– miento del P. Pío en lo referente a sus llagas. "No es fácil que el P. Pío enseñe o dé a besar sus manos, que lleva siempre cubiertas con guantes, y que con evidente intención esconde hast.a cuando · celebra, bajo las mangas del alba; No me consta que haya hablado jamás de ellas con nadie, Y o mismo he constatado su repugnancia 217

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