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Tenían miedo de mí, porque decían que yo era perseguido por los demonios". El atormentado por los demonios llega a escribir con fecha del 4 de junio de 1918 en un desahogo apasionado: "Me encuentro tendido sobre el lecho del dolor, lleno de inquietud, buscando a mi Dios .. . Desde mi lecho de dolor y desde mi prisión expiatoria intento en vano abandonar la vida.. . Bien mío, ¿dónde estás? ya no te conozco ni te encuentro, pero es preciso buscarte, tú que eres la vida del alma que muere. Dios mío, Dios mío... sólo sé decirte: ¿Por qué me has abandonado? Fuera de este abandono lo ignoro todo, hasta la vida que ignoro vivir". Desde el "por qué me has abandonado", después de tres meses y medio, llegará hasta la estigmatización del 20 de septiembre de 1918. En ella podrá volver a encontrar la "vida del alma que muere" y podrá gritar: "Mi Dios y Dios mío". Desde entonces desaparecen los demonios con sus apariciones y persecuciones, porque para hacerle sufrir bastan las llagas en sus miembros y la misa en el altar. La misa del P. Pío es pasión que se prolonga, es agonía que repara, redime, santifica. En la misa del sacerdote estigmatizado encuentra el sentido de su vida, porque realiza su completa dona– ción, con Jesús, al Padre. Al descubrirse víctima no pura, sufre hasta el espasmo, que en parte se hace visible en los momentos más destacados de la celebración eucarística: ofertorio, consagra– ción, comunión. Máquinas fotográficas han impreso en películas su rostro, contraído por el espasmo, bañado en lágrimas. En aquellos momentos el celebrante aparece molesto, como indeciso, doliente. Al mismo tiempo se le ve abstraído, porque quiere asociarse a Cristo moribundo, y es rechazado por no con– siderarse digno de la inmolación. El P. Agustín recuerda confi– dencias del P. Pío: "Y son las cosas esenciales, las orientadas a la gloria de Dios, las que no alcanzo a comprender como quisiera y debiera... En la santa misa me siento a veces embarazado hasta el punto de no lograr ni seguir adelante ni volver atrás. Es un esfuerzo, que no sé describir, por tirar adelante.. . Sé que no se trata de un escrúpulo. Si fuese escrúpulo sabría como vencerle... Se ve que necesito de una fuerza física y moral realmente extraor– dinaria; de lo contrario voy a sucumbir. Más o menos siempre fue así. Esta prueba me ha hecho estar mal, sobre todo físicamen– te, en el pasado: mis enfermedades procedían de esta opresión 206
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