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el P. Pío. Sin embargo, la gente corría a aquella misa antes de salir el sol; no se cansaba, se saciaba de una realidad misteriosa, de Cristo, mirando el rostro dolorido y transfigurado de aquel ministro que en el altar aparecía crucificado con El". María Wi– nowska, que asistió a muchas misas del P. Pío, no olvidó nunca el esfuerzo que le costaba celebrar: "Se veía claro que no era él el único que actuaba. Le envolvían presencias invisibles, que le asis– tían y le embarazaban. Un viernes le vi anhelante, agobiado, como un luchador, buscando en vano con movimientos bruscos de la cabeza, alejar un obstáculo que le impedía pronunciar las palabras de la consagración. Fue como una lucha cuerpo a cuerpo del que salió vencedor, aunque cansado. Otras veces, desde el Sanctus, gruesas gotas de sudor corrían desde su frente y le inun– daban el rostro, contraído por los sollozos. Era realmente el hombre de dolores en los combates de la agonía. Había días en que, al pronunciar las palabras de la consagración, sufría un verdadero martirio". El escritor Piero Bargellini recuerda su llanto: "Lloraba. Llo– raba como el que no sabe y quiere llorar; como el que no es capaz de refrenar el llanto , pero lo reprime y lo rechaza... Era el del P. Pío... un llanto atormentado, antidramático: un verdadero llanto". Los de Pietrelcina recuerdan cómo un día encontraron al P. Pío caído en tierra, detrás del altar, después de celebrar aquella misa que duraba cuatro horas. El sacristán, al verlo así, lo tuvo por muerto". El Calvario proyecta su luz sobre este sacerdote que celebra, y nos explica muchos pormenores: aquel alargarse en la misa; aquel permanecer, en el ofertorio, como absorto durante mucho tiempo, con el cáliz entre las manos; aquel pronunciar con difi– cultad las palabras de la consagración; aquel quedarse en silencio al memento, recordando vivos y difuntos, hasta durante quince o veinte minutos; aquel silencio hasta de veinte minutos después de la comunión; aquellas prolongac.las genuflexiones, que parecía que clavaba la rodilla en tierra; aquella transformación del rostro, que denotaba las contorsiones y esfuerzos y los dolores de Cristo en la cruz. Un día pareció querer explicar lo que significaba la misa para él. La tarde del 23 de noviembre de 1946 se encontraba el P. Pío en su celda, en fraternal conversación con el capuchino toscano P. Juan de Baggio. Se suceden réplicas y contrarréplicas, a veces 202
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