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mañanas iba yo a su celda para acompañarlo hasta la sacristía; siempre le encontraba dispuesto, con el rosario entre las manos... Cuando se acercaba al altar rezaba parte del salmo miserere, con tanta compunción como si hubiera sido gran pecador. Cuando rezaba el confiteor se le veía como anonadado. Después del mi– sereatur tui su rostro se volvía casi estático, lo que se acentuaba en la consagración hasta la comunión. Al sumir las sagradas especies se le veía absorto, hasta el punto de no darse cuenta de quién estaba en su derredor". El P. Carmelo de San Giovanni en Aldo, superior del conven– to de San Giovanni Rotondo de 1964 a 1968, recuerda del P. Pío: "La misa de los últimos años duraba de treinta y cinco a cuarenta minutos. He visto... cómo aquel sacerdote de Cristo revivía con El y ofrecía el sacrificio del Calvario. Parecía no percatarse de la gente, de las luces, del flahs de los fotógrafos , de todo lo que ocurría en torno a él. Ensimismado totalmente en Dios, miraba la sagrada Hostia con sus grandes ojos, de los que parecía salir fuera toda su fe y su amor. Se movía sobre sus pies doloridos. Con frecuencia se enjugaba las lágrimas con un pañuelo blanco que el sacristán le tenía siempre a mano. A veces no lograba contener y dominar la emoción interior, y además de las lágrimas, temblaba su voz y temblaba toda su persona". El celebrante, que lleva en sí señales externas que indican que Jesús se inmola en el altar, revela una interioridad que le hace inmolarse con Cristo. Para el P. Pío altar y Calvario, especies eucarísticas y Jesús que muere, son la misma cosa. "Para conocer al P. Pío y entrar en la órbita de su grandeza -escribe un testigo ocular de su misa- es necesario asistir a su santa misa. Con Jesucristo crucificado, sufre todas las penas físicas del Maestro. Siente en su corazón y en sus miembros los atroces dolores del · Señor que vive en él y con él... Su misa es distinta de las otras. No por el rito, sino porque es él la hostia viviente. El Señor encuentra el cáliz de oro puro, al que descenderá su sangre purísima, que renovará día tras día el milagro de los estig– mas, porque cada día aquel sacerdote santo se ofrece como víc– tima por El. Jesús le alimenta con su cuerpo, que le mantiene vivo: le alimenta con su sangre, que corre de sus llagas abiertas. Se identifica con el Crucificado y Víctima, y le suplica gracia y misericordia para todos". El Cardenal Ursi constata: "Qué larga la misa celebrada por 201
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