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coronación de espinas. Con frecuencia se seca las lágrimas con el pañuelo y con d dedo se quita la gruesas gotas de sudor de la frente. En el ofertorio nos ofrece a Dios, que acepta sus padeci– mientos en aquel pacto de amor y de dolor. La consagración señala el verdadero martirio de Cristo y del celebrante. Al partir la Hostia para la comunión siente una fuerte sacudida, el padre, antes casi titubeante y luego decidido, porque así lo exige la liturgia. Aprieta la Hostia con aquellas pobres manos doloridas, el cuerpo encorvado se abate bajo el peso de los pecados, el padre se transfigura. Al Dominus vobiscum parece que nos abraza a todos en un dulce apretón amoroso para gritar el 'querámonos bien' en un mundo de odio y de rencores. Tenemos informes de un hermano en religión, el que vivía en la celda número 4, contigua a la que habitaba el P. Pío. "A las tres de la mañana -escribe el P. Fortunato de Marzio- se le– vantaba, se lavaba rápidamente y se ponía en oración, en la celda, para prepararse para la santa misa. A las cuatro en punto estaba en el altar, lo mismo en invierno que en verano. Por la hora oficial y la insistencia de los superiores, retrasó la hora de la misa a las cinco... Al principio la celebración de la santa misa duraba tres horas. Más tarde, la presión de los superiores, el número de confesiones, los sufrimientos y males físicos que aumentaban con los años, le indujeron a reducir el tiempo de la misa, sobre todo en los últimos tiempos, a una hora o menos. Durante la santa misa, sobre todo en el canon, se transformaba, lloraba, sollozaba, con frecuencia enjugaba las lágrimas, fijaba la mirada en el vacío de una forma extraña, quedando inmóvil un buen rato. Esto mismo ocurría en los dos memento... La elevación de la Hostia santa y de la precio– sa Sangre era para el P. Pío interminable... Muchos forasteros decían: 'Por fin he oído una verdadera misa"'. O el relato del P. Inocencio de Campobasso: "Durante tres años fui su vecino... de 1950 a 1953... , destinado por los superiores a asistirle en todo su ministerio.. . Entonces más que nunca com– prendí que la celebración de la santa misa era el núcleo de su religión y de su piedad... Era un misterio para mí el tiempo que empleaba en prepararse para la santa misa... Se despertaba siem– pre a las dos y media o a las tres menos veinte... A veces, en verano, lo sorprendía en la terraza contigua a su celda, antes de las cuatro, sumergido totalmente en la meditación... Todas las 200

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