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• del P. Pío suscita entre las gentes tan gran fascinación, hasta · atraer un sin número de almas a los pies de su altar, el secreto de aquél no sé qué de singular y exclusivo que todos advierten cuan~ do celebra el P. Pío, es justamente éste: El estigmatizado del Ga~gano vive de nuevo toda la pasión del estigmatizado del Cal– vano. ... Caminando pesadamente se dirige al altar. Con un recogi– miento que proclama todo su amor, llena el tiempo que dura la santa misa. Pronuncia las palabras de la consagración con un estupor inefable. Mira a Jesús, presente en el altar, con los ojos llenos de lágrimas. En el momento de la comunión le invade un abandono lleno de confianza. Son dos los sacrificios que realizan en un solo sacrificio: el de Jesús y el de la criatura, que con voz implorante se levanta hasta el cielo. Si la misa del P. Pío tiene toda esa divina fascinación, la razón es solamente ésta: los hom– bres vuelven a ver a Jesús en forma sensible, que prodiga la inmensidad de su amor a través de un dolor sin medida. El cru– cificado de San Giovanni reproduce al vivo la crucifixión que ha recibido como una gracia". El sacerdote Alejandro Lingua nos describe la misa del P. Pío, la que le vio celebrar el 5 de junio de 1950. La descripción, aunque hecha años más tarde, capta el modo como el padre celebraba la misa por los años veinte. "Atraviesa la iglesia con las manos juntas, porque el cáliz está ya encima del altar; se dirige como de costumbre al altar de San Francisco para decir la misa. Todos murmuran palabras de admiración; pero el P. Pío con una orden tajante corta cualquier gesto, imponiendo silencio. A mí me dolía una rodilla, pero oí que me gritaba con fuerza: "Arro– díllate tú también". Todo el altar está rodeado de devotos hasta lo inverosímil... Comienza la santa misa, que dura exactamente hora y tres cuartos. Es el milagro cotidiano del P. Pío para el que quiera y sepa comprender la profunda realidad de la cruz inmensa... Jamás he visto a un sacerdote celebrar con tanta devoción. Las llagas se ven claramente en las manos manchadas de sangre oscura. Hecha la señal de la cruz, todo el conjunto denota la participación completa en la·pasión de nuestro Señor Jesucris– to. En ocasiones el cuerpo se torna rígido, con una inmovilidad total; a veces se observan contracciones dolorosas de los miem– bros, palabras entrecortadas, toques en la cabeza, dolorosa por la 199
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