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las miradas conmovidas de todos, y todos, de pronto, se sentían pobres y miserables, aunque transfigurados en presencia de este ofertorio que manos llagadas ponían en contacto con algo ultra– humano. Y después de la consagración y de la elevación se advertía algo insólito en su rostro. La gente decía: ¡Si parece Jesús! Y todos se volvían más ágiles, más vivaces, más ligeros , como eva– didos de este mundo, mientras contemplaban un mundo que no veían. ¿Yquién puede olvidar aquel grito del Señor, no soy digno? Se daba golpes de pecho y eran tan fuertes aquellos golpes que causaba maravilla: no había medio de imaginar que aquellas manos llagadas fueran tan pesadas, que aquel pecho herido pu– diese resistir golpes tan duros y profundos. La gente contenía la respiración cuando llegaba la comunión. El divino crucificado se unía a aquel pobre fraile , crucificado como El". El P. Juan de Baggio, capuchino toscano, describe una misa del P. Pío. La que le vio celebrar un día de junio de 1935. Por entonces duraba hora y media. "Tenía yo sin rezar todo el oficio divino y pensaba hacerlo en aquella hora y media que dura la misa del P. Pío. Pero no fui capaz ni de abrir el breviario. A la vista del celebrante comencé a emocionarme y estuve llorando todo el tiempo de la misa. ¿Por qué? No lo sé. Pero es tan grande la devoción, es tal la fascinación que emana del P. Pío, que todos nos sentimos afectados y subyugados. Da la impresión de que medita cada palabra y que cada cere– monia lo saca fuera de sí. La lectura la hace con emoción, con voz baja, un poco cansada, sin precipitación y acentuando bien cada palabra. Algunas contracciones nerviosas del rostro, algunas miradas apagadas hacia el cielo, algunos movimientos de cabeza, como si tratase de rechazar una idea molesta, obligan a pensar en sufrimientos recios y en recias reacciones para no dejarse sor– prender por el éxtasis. Su rostro en aquellos momentos está casi lívido, los ojos llorosos, que le obligan a tener a mano un pañuelo, la voz .cada vez más cansada, tanto que apenas se oye al llegar la comunión y da la impresión de que el padre va a caer al suelo. Cosa rara. Apenas vuelto a la sacristía recobra las energías y el buen humor habituales". Alberto del Fante nos ha conservado también sus impresiones: "La misa del P. Pío es distinta de todas las misas que se celebran 197
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